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Café Villarías va al grano

Ni todos los estarbucs, cielitos y juanvaldeses podrán contra el Café Villarías. ¿Quieres saber por qué?

En 1942, allá cuando los perros se amarraban con chorizo, existía en la esquina de López y Ayuntamiento, en el centro de nuestra bella CDMX, un expendio de café llamado Cafemex. No sabemos qué tan bueno era, pero por razones que no vienen a cuento los dueños se vieron en la necesidad de cerrar el negocio, o más bien, a traspasarlo a un par de empleados que trabajaban ahí desde hacía algunos meses, los hermanos Leoncio y Juan Villarías.

La historia proviene de mucho más lejos. Dato curioso: el ya legendario logo del Café Villarías tenía tres sardinas en lugar de tres granitos de café. Y es que la familia había salido de España con el franquismo; pasaron por los NiuYores, como tantos en ese tiempo; probaron suerte en Francia, y en España, en las tierras de Santoña, tenían originalmente un gran negocio de conservas.

Empezaron, pues, los hermanos Villarías a probar suerte con el café y el negocio creció y creció. Tal parece que se mantuvieron fieles a la filosofía de: si algo funciona, ¿para qué lo cambias? De modo que con las mismas técnicas, con las mismas mezclas de hace nada menos que 75 años, el expendio de café sigue complaciendo a sus clientes. Sin hacerse tantas bolas con que si el café viene de Surinam o que si la planta fue abonada con popita de cabra bebé.

Villarías ha conseguido un estándar alto, sin ser pretencioso, sin subir sus precios de forma injusta, sin dárselas de muy muy.

El encargado del expendio –quien no quiso decirnos su nombre ni si era uno de los miembros de la familia Villarías, pero lo reconocerán por su notable bigote color plata–, nos explicó que, los granos (en su totalidad) provienen de Chiapas, donde son cultivados a una altura de 1200 msnm. Como la mayoría de los expendios tradicionales de café, trabajan dos variedades de grano de arábiga: planchuela y caracolillo. La mezcla no tiene falla y se equilibra a la perfección, pero para darle los matices del gusto particular de cada cliente, ofrecen cuatro tipos diferentes de tostado: americano, mediano, italiano y cubano.

El sabor varía sobre todo en acidez e intensidad. Así, el americano es de intensidad suave y de mayor acidez que el medio. El italiano y el cubano son los más intensos y con muy poca acidez.

El precio del kilo ronda los doscientos pesos. Menos que cualquier bolsa de café de súper, que fue molido quién sabe cuándo, que viene de quién sabe dónde, que fue tostado sin amor y empaquetado sin la sonrisa amable que caracteriza a los empleados del Villarías. Así que cuando vayas a comprar café piénsalo dos veces, echa al fregadero el agua de calcetín con que te irritan las úlceras en la oficina y armen vaquita para ir por su bolsa de café del bueno. No se van a arrepentir.

La mezcla que tomamos nosotros para curarnos la cruda realidad de cada mañana, es la Italiana. ¡Cuéntanos cuál es la que más te gusto a ti!

Sobre Ave Barrera

Ave Barrera
Escritora y traficante de mezcal. Nació en Guadalajara, pero hace ya varios años obtuvo la nacionalidad chilanga. Su primera novela se titula Puertas demasiado pequeñas (Alianza 2016) y la segunda anda buscando suerte. Sus cuentos están publicados en antologías y sitios web.

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