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Foto: @Manuel Olivas

Caguama en el Zacazonapan

Durante un tiempo, aparte de escribir, fui guía de borrachos. Miento, en realidad durante varios años fui guía de los amigos escritores que venían de distintos lugares de México a la Feria del Libro de Tijuana. Mi encargo personal era iniciarlos en la noche tijuanense desde los bares más relajados hasta los que de pura vista parecen de mala muerte. No sé las razones, pero contrario a lo que hacen muchos de Tijuana que empiezan su marcha en el Dandy del Sur, la guía bajo mi tutela empieza en el Zacazonapan, un bar oscuro, pestilente a hierbas finas y cebada, ubicado en la esquina de la Calle Primera y la Avenida Constitución, es decir, en la mera entrada de la zona roja de Tijuana. Allí he llevado a morros escritores de mi edad, a consagrados, a homenajes nacionales y candidatos del Premio Cervantes, ya sea de entrada por salida, para echar una caguama relajada o, bien, nada más a que miren, conozcan y después digan “yo sé dónde está el Zacazonapan“.

El Zacaz, mejor conocido así por la bandera de la ciudad, tiene años existiendo y lo regentea un morro que siempre viste (según la temporada del año) camisa blanca de tirantes o playera de manga larga pegadita y chaleco. Cada que le preguntas su nombre, nada más sonríe detrás de la barra, se rasca la cabeza y te pregunta si vas a querer refresco o caguama. Desde mis primeras visitas pensé que nos contestaba así por nuestra pinta de fresas, morros bien vestidos y bien peinados que agarran la modita de ir al bar más tenebroso de la ciudad, sólo por sentirse temerarios y de mundo. Pero no, el cuate es así con todo mundo, menos con su chica, que siempre está en la esquina de la barra, ataviada por una falda cortita y una blusa de algún grupo punk, a veces fumando o bebiendo. A su costado, detrás de la barra, además de haber calcas contra el consumismo y el capitalismo, hay un cuadro de la hoja santa.

El Zacaz es uno de los bares más concurridos de la ciudad no sólo por la historia que brilla en su interior, que resplandece en su rockola -una de las más surtidas del área- y que se huele en sus baños y pasillos. Es concurrido porque ofrece al estudiante, trabajador, forastero y despistado la cerveza familiar más barata de toda la zona roja, conformado por calles donde el precio de la bebida muchas veces es exagerado, sólo porque los dueños, meseros, padrotes y quienes los atienden no quieren que los parroquianos entren a los teibols a sabrosear a las morras encueradas con la mirada y no pagar lo que eso cuesta. Otro de los atractivos del Zacazonapan es que -dicen, a mí no me crean, yo no he visto, a mí que me esculquen- de pronto algún colega saca la mariguana y empieza a fumarla sin temor a que lo juzguen, lo vean feo o lo corran. Allí -dicen- el sabroso perfume del chamuco aromatiza todos los pulmones y, si alguien quiere perfumarse los dedos y los labios, la banda es compartida con el pueblo y los fumadores acaban reuniéndose -dicen- a unos metros antes de los baños, muy cerca de las cajas con envases vacíos de cerveza.

Hay también quienes, ya perfumados, ponen la cabeza a trabajar y se sientan en la mesa donde está dibujada una tabla de ajedrez, algunas pintas sobre el amor, canciones populares o nombres de barrios de Tijuana. Relajan los músculos y, en una contienda que puede durar horas, se adentran al juego de la reina, el peón, el caballo y el alfil.

En el Zacazonapan uno se encuentra gente de todo tipo: haitianos que buscan la sombra y la cerveza después de una jornada de trabajo, oficinistas que, antes de llegar a su casa, pasan por su medicina para llegar con la familia sosegados, jóvenes que, antes de llegar con la novia, pasan a saludar a los amigos.

En el Zacaz el tiempo vuela, lo mismo he ido con amigos escritores y no escritores que solo. A veces sólo me he bebido una caguama y luego a dormir. Otras, honestamente, me he bebido varias, al punto que se me olvidan las responsabilidades y el lugar se me convierte en un hoyo negro donde no existe el tiempo y las tareas diarias. En una ocasión fui, por ejemplo, a beber una cerveza para despejar la cabeza. Habían sido días de mucha escritura y el cuerpo pedía ver las luces de la Avenida Revolución y el aroma a cerveza. Nomás una chelita, me dije, pues más tarde daría un taller de narrativa y nunca he quedado mal. Pero después de la segunda caguama, de haber escuchado completos algunos discos de The Cure y Pink Floyd en la rockola, se me olvidó por completo el curso no sólo del tiempo, sino el que tenía que impartir y salí disparado al primer café que me encontré para pedir un expreso doble y reponerme.

De esa tarde aprendí que, para ir al Zacaz y disfrutarlo, hay que hacerlo en viernes o sábado, luego de que uno finiquitó todos sus pendientes y lo único que le falta para cerrar su semana como campeón es entrar a ese bar, pedir una caguama, poner en la rockola una rolita de los Creedence, volver a la barra, abrir la chela y llenar los pulmones sanos del perfumito del diablo, esa fragancia que te pone los ojos irritados y te hace alegrarte por lo maravillosa que es la vida.

 

Sobre Joel Flores

Joel Flores
Escritor, corredor y fiel creyente de las historias escritas. Conoce Zacatecas como la palma de su mano y Tijuana como las plantas de sus pies. Es bebedor social de caguamas y cerveza artesanal. Escribe mientras corre y viceversa.

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