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Cine en chico

Porque las salas alternativas de siempre serán el refugio perfecto para escapar del ruido, el calor, el sol, el reggaeton, la familia y hasta de uno mismo… Aquí uno de nuestros más recientes descubrimientos.

En mis tiempos de estudihambre, en Guadalajara, había una videosala chiquita, a la vuelta de Chapultepec donde tuve oportunidad de ver las películas más raras, grotescas, locas y alternativas de me adolescencia. Películas que me volaron la cabeza. La salita era poco más grande que un cajón de estacionamiento, pintada toda de negro, y por supuesto estaba decorada con carteles de películas clásicas. Era un lugar íntimo, nadie te veía raro por no consumir en la cafetería y, guardando la debida discreción, te podías besuquear con tu novio en los asientos de atrás. No olía feo, como el cine Variedades, no era caro, como las primeras salas del Cinépolis, ¡no te exigía nada! Por el contrario, era  un refugio, un pequeño paraíso de oscuridad y aire acondicionado, donde uno podía ponerse a resguardo del acoso de los parientes y del calor tapatío. Nunca supe quién se hacía cargo de la cartelera ni me interesaba clavarme en el esnobismo de “saber de cine”, lo único que me interesaba era ser espectadora de aquella generosa selección de historias delirantes; imágenes perturbadoras, estremecedoras, hermosas, largos silencios acompañados de ruido de bichos del monte y cosas así. Era un lugar perfecto. Pero como todo lo bonito, se va. Cerraron. Cuando me fui a vivir a Oaxaca encontré un símil todavía más bonito en el Pochote; una sala mucho más grande y con un catálogo que saturaba de cartuchos VHS las estanterías de una bodega de techo alto con vigas de madera. Nomás de entrar ahí daban ganas de verlo todo. La sala era un galerón al final de un enorme patio con ceibas en el centro; uno de los costados de la finca colindaba con los arcos del acueducto, tenía muros de ladrillo en diagonales, un espejo de agua con nenúfares y peces dorados. Otro paraíso cuya existencia se debió a la generosidad del maestro Francisco Toledo. Pues también lo cerraron. Me mudé a la CDMX y obviamente la Cineteca se imponía como alternativa, pero nunca me terminó de acomodar. La distancia era el primer inconveniente; mis rumbos siempre han sido los del centro. Muchas veces llegué con penurias, para que la doña de la taquilla, que era bastante malhumorada, dijera: “ya no hay”. Pffff. Después de cuatro berrinches dejé de intentarlo. Luego vino la remodelación y lo que antes era una ligera incomodidad (sentirme cohibida por la intelectualidad coyoacanense), con la remodelación devino en urticaria. ¿En serio venden nieves de garrafa de a sesenta pesos? ¿Les cae? ¡A la goma! Prefiero encerrarme con mi gato, mi computadora y mi botella de mezcal, a tener que disfrazarme y poner cara de gente interesante para encajar.

foto: Ave Barrera

 

Este domingo, no obstante, se reavivó el fuego cinéfilo-alternativo que anida en mi pequeño corazón siempre sediento de historias: descubrí La Casa del Cine Mx, en República de Uruguay 52. Nomás de recorrer la tripa de la entrada, me transporté a la videosala de mi adolescencia. Al fondo uno se ve forzado a levantar la cabeza, pues se trata de las entrañas de una de esas casonas viejas con muchos recovecos y escaleras y balaustradas. La videosala está en el segundo piso. En la taquilla atiende una señora linda, que es un pan de dios. La entrada cuesta 40 pesos, la cartelera se ve bastante bien; tanto como para dejarse sorprender por lo que que pongan. Y para mí ¡eso es lo bonito del cine! Si al final la película me voló la cabeza o no, ya será otra cosa, pero al menos invertí ese par de horas en ver una película hecha con esmero, con una intención estética y no necesariamente taquillera y comercial. Ver algo para lo que uno no está predispuesto, eso de “dejarse sorprender” es cosa rara, ahora que toda la oferta está programada bajo demanda del usuario. Se siente bonito dejar que la casualidad haga lo suyo. Pero no solo se trata de la cartelera, sino del modo. Me gustó sentirme rodeada de gente normal, que solo quería ver una película, sin pretensiones, sin atuendos estrafalarios, sin llenarse la boca con grandes conversaciones en la fila de la entrada. Para rematar, el lugar tiene una salita biblioteca que es una lindura, y una cafetería campechanísima, con precios completamente razonables. No es necesario que te sientas Mayweather para comprar una botella de agua porque cuesta quince, y las palomitas veinte. De verdad, ¡uno se siente como persona normal! Libre de ínfulas consumistas, hipsterosas y pedantes. Qué más puedo pedir para una tarde de domingo que un poco de silencio, oscuridad, aire acondicionado, besos, imágenes que quitan el aliento, una buena historia y santa paz.

foto: Ave Barrera

Sobre Ave Barrera

Ave Barrera
Escritora y traficante de mezcal. Nació en Guadalajara, pero hace ya varios años obtuvo la nacionalidad chilanga. Su primera novela se titula Puertas demasiado pequeñas (Alianza 2016) y la segunda anda buscando suerte. Sus cuentos están publicados en antologías y sitios web.

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