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Conducta en los cortos

Gabriel Rodríguez Liceaga nos habla de aquellas cosas que nos hacen enojar en el cine y de su experiencia como cinéfilo empedernido.

Tenía una novia que se mega encabronaba con la gente que entraba al cine tarde. Las siluetas de las personas buscando asiento le provocaban poco menos que una serie de infartos imaginarios que por alguna razón mafufa eran, además, mi culpa. A mí me parecía –por lo demás– una forma muy ridícula de canalizar a Las Furias. Vaya, no es como que durante toda la función estén entrando cabrones cargando palomas y enormes Icee. El motivo de enojo de esta chava duraba, a lo mucho, quince minutos. Después de esa cuota, mi ex se quedaba sola, en la oscuridad y con las neurosis que hoy en día la han llevado a ser madre de cuatro.

A mi primorosa pareja actual lo que le enoja son los tipos que entran con la lámpara de sus teléfonos celulares encendidas para localizar su asiento. Tiene razón. El ojo humano está diseñado para acostumbrarse a la oscuridad a los cuantos segundos. Es algo que nos vuelve parte de una milenaria estirpe de gente con ojos. He visto al sujeto aquel que lleva años disfrazándose de Andy Warhol entrar a las salas de cine con su candileja de bolsillo lampareando al graderío. Tener prisa por ver en lo oscuro es un acto de abusiva estupidez. Por no mencionar que esas personas eligieron los asientos que más les convenían en una pantalla que reproduce la sala de cine a escala. Quizá soy un idealista pero: ¡ya saben dónde tomar asiento! Supongo que mientras en la taquilla seleccionaban dónde ubicarse estaban distraídos tuiteando o dando likes a gatitos de IG. Por no mencionar que los asientos están numerados sucesivamente y en orden alfabético. La estupidez es un océano. Uno acaba viendo los veinte minutos de comerciales entre chiribitas y demás manchas del encandilado.

A mí los que me encabronan descontroladamente son los que se salen antes de que el filme concluya. Cosa que ocurre con una frecuencia malsana en la nueva Cineteca Nacional. La gente decide ver una película rumana de tres horas o un documental de tres y media sobre un momento específico de la historia del cine francés y… ¿qué espera? ¿Batman? ¿A Messi como uno de Los Indestructibles?

Una vez un compañero de trabajo me comentó que le cagaban las películas rusas en las que filmaban por quince minutos el ojo de un perro muriendo. El ejemplo se lo sacó de la manga pero recuerdo que yo le dije: no manches, ¿qué película maravillosa es esa? ¿Cómo se llama? Se entiende que no me interesa ver a un animal desfalleciente pero todos los estímulos audiovisuales cuyo objetivo es exaltar al alma tienen su propia velocidad y le exigen al espectador una paciencia específica. Uno paga por asombrarse.

La película rumana del ejemplo previo existe y es una maravilla, una sinfonía de actuaciones acerca del problema de ser un adulto en este mundo sin fantasía. Sieranevada, se intitula.

En fin. Si van a entrar al cine con prisa mejor den vueltas en un estacionamiento fingiendo que buscan lugar vacío o bien quédense en casa con su mamila de Netflix. Nosotros, la tribu adentro de la caverna observando las figuras que el fuego proyecta en los muros, se lo agradeceremos.

Gabriel Rodríguez Liceaga. Hombre entre siglos. Nacido en 1980 en el Barrio Bravo de Tepito. Triste lector de tiempo completo y autor de un par de libros.

Sobre Redacción Cazacocteles

Desde el cuartel general de Cazacocteles.

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