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De ambulantes y regatoneros

En este Trago de Autor, Guillermo Guerrero nos platica sobre nuestra relación amor-odio con los vendedores ambulantes.

México se vive en las calles. Nuestra identidad se ha formado durante siglos con la convivencia diaria en avenidas y plazas: para muchos mexicanos es un gusto salir de paseo, caminar y platicar, a diferencia de países como Estados Unidos en donde el carro es primordial hasta para cruzar la calle (recuerdo una vez que iba en Texas y que un policía detuvo el tráfico en un acto de heroicidad para que el pobre Memo cruzara una avenida de cuatro carriles). Los españoles, muy dados a la pata de perro, construyeron grandes paseos y plazas de armas, llenos de árboles y banquitas.

Y en donde hay gente reunida siempre habrá… vendedores ambulantes.

Tenemos una relación amor-odio con los vendedores ambulantes. Añoramos esos vendedores que nos enseñan en los libros de historia (como el aguador, el voceador o el panadero) y odiamos a los que venden medias y calzones afuera del metro. Soportamos a los que se ponen a tocar canciones tristes con su guitarra en una esquina, pero aborrecemos a los que venden programas pirata para computadora. Detestamos a los bocineros que venden discos de salsa, pero si tenemos sed no dudamos en comprar un agua al vendedor de la esquina.

No sabemos qué hacer con ellos. Los amamos y los odiamos por igual.

***

Los vendedores ambulantes en la Ciudad de México han existido siempre, porque la capital siempre fue un mercado importante para las poblaciones aledañas. Es irrefutable la lógica de “tengo este producto, tal vez alguien en la calle lo necesite, voy a venderlo”: yerbas, verdura, pollo, tamales, tortillas, lo que sea. Ir de acá para allá, en vez de poner un puesto en un mercado, podría resultar más rápido (y si venías caminando durante varias horas, lo importante era acabar pronto).

Hace algunos siglos, se abrieron algunas garitas antes de entrar a la Ciudad. Eran como pequeñas aduanas para controlar los productos y la gente que entraba a la capital española. Si traías un cargamento de 10 kilos de maíz, tenías que pasar por fuerza por una de ellas.

Afuera de esas garitas había unos personajes que interceptaban a los que traían cosas para vender. Los llamaban “regatones” y ellos les ofrecían menos dinero a los vendedores, pero se los pagaban al momento. De ahí viene nuestra palabra “regatear”: para que el vendedor no fuera hasta el centro de la capital, ellos los convencían de que era buena idea vender todo en ese lugar. Ya luego lo revendían.

Suena como un trato injusto, pero así duró mucho tiempo.

***

¿Qué hacer con los vendedores ambulantes? Quisiéramos caminar tranquilamente por nuestras banquetas, pero también comprar un dulcecito antes de llegar al trabajo. Odiamos que las calles estén llenas de grasa, pero si nos agarran las prisas compramos una quesadilla rápida para llevar. Queremos que desaparezcan, pero nos enfurecemos si los granaderos los quitan. Esta relación complicada que tenemos con ellos. Y, para ser sinceros, parece que así seguirá por siempre.

Sobre Guillermo Guerrero

Guillermo Guerrero
Blogger primigenio, locutor de radio y periodista. Conoce los secretos y rincones más oscuros de la Ciudad de México. Bebedor legendario de cubas con Ron Matusalem.

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