Home / Tragos de autor / Joel Flores / De concursos literarios y la construcción de la novela
A Joel Flores le tocó ser jurado de un concurso de narrativa. Aquí nos cuenta su experiencia y nos da recomendaciones...
A Joel Flores le tocó ser jurado de un concurso de narrativa. Aquí nos cuenta su experiencia...

De concursos literarios y la construcción de la novela

Durante la última semana de septiembre y la primera de octubre fui jurado de un concurso de narrativa en el Norte de México, el cual consistía en leer libros de cuentos y novelas. Acepté serlo porque el encargado de la instancia cultural es un conocido de años y porque en la mayoría de las ocasiones soy yo quien concursa y pocas veces el jurado. El ofrecimiento me emocionó mucho: estar en esa posición me ayudaría a aprender cómo ve un jurado los materiales que se reciben y cómo los elige con base a su formación como lector frente a sus homólogos. Sin embargo, luego de enterarme de que arriba de 70 eran las novelas participantes y alrededor de 100 los libros de cuento, me pregunté ¿a poco a esto se enfrentan los jurados, a tirarse a matar leyendo en menos de un mes todo ese material? Y, aunque muchos no lo crean, logré leerme todas las propuestas. Pero la lectura no fue lo que casi hizo que me infartara. Lo que casi lo logró fue batallar para descubrir una que valiera la pena.

Debido al poco tiempo, mi filtro fue leer con mucha atención las primeras treinta o cuarenta páginas de cada libro, según la extensión, pensando en que, como lo propuso John Gardner, en esas primeras páginas el escritor debe demostrar con todas sus fuerzas y habilidades si su obra vale o no la pena; es decir, allí se debe jugar el todo por el todo, sin fallas, sin concesiones, sin fisuras. Después, obsesivo como soy, me animé a leer también las últimas 30 o 40 páginas de las mismas, ya con un conocimiento previo del argumento de cada historia, guiado por uno de los consejos de Norman Mailer, quien aseguraba que en estas últimas se descubre si en realidad valió la pena haber seguido hasta el final de su historia al narrador. Al final descubrí, con algo de tristeza, que un 80% del material postulado no pasaba el filtro.

Muchas de las novelas eran limitadas en cuanto a técnica, dimensión de los personajes, construcción y seguimiento de la trama gracias a un foco narrativo. Algunas empezaban muy bien, pero terminaban olvidando los objetivos de sus personajes o el hilo argumental. Otras iniciaban lentas, más lentas que la cuaresma, pero en sus últimas 30 páginas se salvaban. Pocas eran un cúmulo de referencias de otras obras, al punto de que tanto eco aturdía y uno apenas se percataba de cuál era la verdadera voz del autor. Otras eran capaces de sostener una historia gracias a un conflicto de principio a fin, pero las carencias de la técnica narrativa hacían que muy apenas se disfrutara la lectura. Otras estaban llenas de cacofonías, repeticiones de palabras y redundancias desde las primeras páginas, al punto que dejé de leerlas por miedo a terminar con el oído de artillero: ese que dispara y dispara palabras sin alcanzar a entender su significado y musicalidad. Por último, elegí con mucha dificultad la que superó a las otras, más no a la que en realidad me vislumbró. Quizá pedí mucho.

En cuanto a la lectura de los libros de cuento me llevé un mejor sabor de boca. Para leer todos los materiales propuestos usé el filtro de los velocistas, el mismo que uso para armar mis propios libros y el mismo que me enseñó hace años mi entrenador de atletismo. En una competencia de velocistas el entrenador debe acomodar a sus corredores -si quiere ganar la carrera- de la siguiente manera: el más rápido del equipo, para que supere en velocidad y le saque distancia a sus contrincantes; en segundo lugar a quien sabe dosificar su velocidad y su oxígeno, en el sentido de que no va a perder el tiempo ganado ni la distancia, lo mismo con el tercer corredor; y el cuarto debe ser alguien más veloz o igual de veloz que el primero. En un libro de cuentos esto consiste en acomodar las piezas narrativas de la siguiente manera: el primero debe ser el mejor en todos los sentidos, según la percepción del autor, en tema, agilidad de la prosa, conflicto, nudo, clímax y desenlace, incluso en nivel de experimentación; el segundo debe recibir la estafeta más relajado y mantener el ritmo del primero sin bajar la calidad; el tercero lo mismo, pues en un libro, al igual que en una competencia de velocistas, ni una pieza narrativa, ni un corredor, debe estar de relleno. El último cuento debe ser mucho mejor que el primero, pues el cierre es fundamental, es la clausura y el regalo que se le da al lector por haber llegado hasta allí.

Dentro de los tres seleccionados, los jurados elegimos en primer lugar a uno que seguro, además de ser un homenaje a Julio Cortázar, pero tratando de quebrar algunas de las reglas que el mismo autor argentino puso al cuento, merece el premio. Las menciones honoríficas son libros de calidad que también merecían el primer lugar, pero se impuso el antes mencionado.

Al final de este largo y duro proceso de lectura, ya cansado me pregunté: ¿pero por qué hubo mejores libros de cuentos que novela? Según mi primera interpretación, se trata de que en México los talleres literarios que se están promocionando por parte de las instancias culturales o la iniciativa privada se preocupan más por enseñar a escribir las artes del relato que las de la novela. O bien, desde la generación de los tallerestias, me refiero a la época de Miguel Donoso Pareja, uno de los maestros más importantes y mencionados en la época de los talleres de escritura tanto en Universidad Nacional Autónoma de México, como en el Instituto Nacional de Bellas Artes, el género que más se privilegiaba era el cuento. Y sigue sucediendo a la fecha, pues muchos de los que enseñamos escritura creativa empezamos por iniciar a los estudiantes en el relato para que después, una vez comprendidas y dominadas las partes que lo integran, salten a la novela con mayor intuición, madurez y visión del bosque narrativo.

Y todo esto, si comparamos la enseñanza de la escritura creativa con el mercado editorial, se contrapone con lo que demandan las editoriales comerciales, las cuales -como no hace tanto lo expliqué en una entrevista a uno de los socios de la editorial independiente Paraíso Perdido- dan entrada a los escritores jóvenes a su catálogo gracias a una novela y no a un libro de cuentos. De esta manera, muchos de esos libros terminan ganando concursos estatales o nacionales, pero muy pocas veces se abren la puerta a una editorial que cuenta con la infraestructura idónea para promocionar su trabajo.

Mientras sean peras o manzanas, a todos aquellos que están escribiendo una novela quiero recomendarles tres libros que seguro les ayudarán mucho en su proceso de escritura. Estos libros se han convertido en material de apoyo para mí en mis clases y, cada que busco la luz o retomar ideas que perdía olvidadas, los consulto. Uno es: Para escribir una novela, de Silvia Adela Kohan; otro es Cómo dibujar una novela, de Martín Solares; y el último es Los mecanismos de la ficción, de James Wood, éste es para lectores más avanzados, pero si el interesado logra leerlos uno por uno o los tres al mismo tiempo, segurísimo la magia de la novela iluminará su camino, así como ha iluminado el mío.

Sobre Joel Flores

Joel Flores
Escritor, corredor y fiel creyente de las historias escritas. Conoce Zacatecas como la palma de su mano y Tijuana como las plantas de sus pies. Es bebedor social de caguamas y cerveza artesanal. Escribe mientras corre y viceversa.

Puede interesarte

Movember, deja crecer tu bigote

Nos adelantamos con este #TragoInvitado donde Efrén Cervantes nos invita a unirnos a #Movember, ¿no …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *