Home / Tragos de autor / Joel Flores / Escribir con la goma
Dibujo de Kafka
Dibujo de Kafka

Escribir con la goma

A veces escribir cansa, pero fastidia más encontrarse con individuos que desean ser escritores, pero no tienen ni idea de lo que es entregar el alma y el cuerpo a la literatura. Y esos individuos, lo digo con todo el respeto hacia el ser humano, uno quisiera desaparecerlos de la faz de la tierra de un sopapo. Y lo expreso con conocimiento de causa, pues además de escribir hago trabajos de edición. Dentro de esas actividades, hace dos semanas viví un suceso que casi me obliga a tirarme de un puente.

Todo sucedió así: reviso el relato de un autor que ganó un concurso que organizamos en la universidad donde trabajo y que debemos incluir en una antología que coordino en la misma institución educativa; se lo mando a su correo en formato Google Docs con control de cambios para que sopese las sugerencias y actúe en consecuencia; le pido que me devuelva el relato a la brevedad para apegarnos a la programación planeada desde principios de semestre; dos semanas después, al no tener noticias, le escribo; tres semanas después, al no tener noticias, le vuelvo a escribir; casi cuatro semanas después, al decidir no incluirlo en la antología, mi buen corazón me hace pedirle al coordinador del departamento que interceda y le dé una última semana. El texto llegó al fin, casi 5 semanas después, pero con una nota que explicaba que el autor es un hombre ocupado, viaja a dar conferencias y, por culpa del Docs, no puede abrir el archivo, pero optó por revisar su relato y entregarnos una nueva versión que no contempla nuestras sugerencias. Abro el archivo, leo y los ojos se me hacen platos enormes. En un mundo ideal el texto debió haber estado limpio, como suelen entregarlos los autores de oficio a sus editores. En el mundo que yo vivo (y que viven muchos escritores que también hacen tareas de edición) el autor sólo acarició su primera versión y se pasó por el allá las observaciones. Al final, después de algunos correos innecesarios, pudimos llegar a un acuerdo, y puedo decir que saqué a un buey de la barranca.

Escribir puede ser la tarea más laboriosa del escritor, pero revisar o pulir lo que escribe es, sin duda alguna, la más cansada. Sólo escribiendo con la goma se logra hacer literatura, decía Hemingway, y escritores que se movieron en todos los géneros literarios como José Emilio Pacheco solían revisar sus textos hasta memorizarlos, hasta que su juicio siempre crítico les daba luz verde como para decir que el libro ya era publicable. Beatriz Espejo, por nombrar a una orfebre del lenguaje, suele leer sus textos antes de que se vayan a imprenta como si no quisiera despedirse de ellos. Los lee hasta que cada una de las oraciones estén bien calibradas y los párrafos, con toda la intención de formar una trama, coincidan unos con otros no sólo por la lógica de los acontecimientos que se narran, sino también por la musicalidad que hace el tono discursivo. Joan Didion, la autora de una de las novelas más maravillosas sobre la muerte de los seres queridos y el duelo que esto provoca, dice en El año del pensamiento mágico que ella escribe y revisa sus textos teniendo en cuenta el orden de las palabras, las oraciones como si fueran legos formando una casa donde van habitar seres humanos, fantasmas, recuerdos, momentos felices y hasta infelices. El ritmo para ella es importante, pues sin ritmo narrativo, esa música interna de las novelas y cuentos, no se compone el tono que persuade y enamora al lector. No hay música que remueve las fibras sensibles.

El caso anterior habla de un escritor amateur, pero en todos lados se cuecen habas en menor y mayor magnitud. Entre los libros que se publican a diario hay literatura del momento y literatura que perdura. A quién no le ha tocado leer un libro que, por más que la promoción del mismo esté logrando su cometido, al leerlo uno se atreve a decir que a cada una de las oraciones le falta algo, o que a cierto personaje le hubiera venido bien aquello, o que el desenlace habría correspondido con el nudo si en realidad el protagonista hubiera sufrido un cambio emocional, una revelación. Llámenme grumpy si quieren, pero existen libros (yo tengo un sitio para ellos en mi librero) que no debieron haberse publicado, pues cada una de sus páginas son un atentado contra la sintaxis, la semántica y, para no dar más detalle, contra la pupila y los árboles.

Pareciera que fueron escritos bajo la premisa de llenar y llenar páginas y no bajo el objetivo de hacer valer cada una de las palabras que utilizaron como si fueran oro molido. Un oro que pudo haber sido deseado por cualquiera, desde el menos curioso hasta al más exigente. Ama tu lenguaje y tu historia como si fueran las dos únicas armas que en realidad van a serle ver a tus lectores que vale la pena leer y releer tu libro. Ama a tus personajes y los nudos de tensión, climáticos y resolución como los momentos claves en que tu lector va a identificarse contigo y luchará hasta el final para que tu libro esté siempre en su memoria.

Un buen libro no logra serlo por el prestigio de la editorial que lo publica, por el número de copias que tiene vendidas, ni porque ganó más reseñas positivas que negativas, ni porque su autor tiene muchos premios, ni miles de seguidores en Facebook y, cada que escribe hasta sobre el color de sus calzones, gana cientos de likes. Un libro es grandioso para uno porque nunca dejó de contarnos historias, porque toda vez que queremos leer algo que nos marcó, que nos dejó reflexionando por semanas, ese libro va a estar allí, entre otras miles opciones para leer, pero regresaremos a él como quien vuelve a los mejores amigos de antaño, a los que nos dieron los buenos consejos y también aquellos que nos quitaron lo pendejo. Esos son los buenos libros. Y esos libros se hacen escribiéndolos para adelante y para atrás.

Y para lograrlos no sólo se tiene que escribir, el autor tiene que obligarse a revisarlo hasta que quede satisfecho. Pues para ser un escritor profesional no solamente hay que ser obstinadamente soberbio, sino terriblemente humilde: la paciencia de revisar un texto bajo una mirada crítica y la generosidad de reescribirlo enmendando cada uno de los ripios, nos ayuda a convertirnos en mejores personas cada vez, unas capaces de ponernos en el lugar del otro y entender que todos los errores pueden ser solucionados. Ese ejercicio no sólo nutre la habilidad escritural, nos convierte en un ser capaz de expresar nuestras emociones, juzgarlas y limarlas hasta que se ofrezcan casi limpias a nuestros semejantes, como un regalo único, especial, que tendrá resonancias en la vida de quien acepte abrirlo.

Como nota al pie de artículo dejo dos libros fundamentales que sirven mucho para afilar el lenguaje y reescribir. Uno es Puntuación para escritores y no escritores (Guías Plus del Escritor) y El arte de reescribir (Guías + del escritor) y se encuentran en Amazon en físico y digital. Si traes todas las ganas de aprender a escribir para publicar, trata de leerlos. Y si traes todas las ganas de ganar concursos de escritura con tus libros, acá te dejo un artículo para que tengas en cuenta muchas cosas.

 

Sobre Joel Flores

Joel Flores
Escritor, corredor y fiel creyente de las historias escritas. Conoce Zacatecas como la palma de su mano y Tijuana como las plantas de sus pies. Es bebedor social de caguamas y cerveza artesanal. Escribe mientras corre y viceversa.

Puede interesarte

Movember, deja crecer tu bigote

Nos adelantamos con este #TragoInvitado donde Efrén Cervantes nos invita a unirnos a #Movember, ¿no …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *