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Dos formas muy detestables de comer en México

Estas dos costumbres del pasado te dejarán con el ojo cuadrado. No aptas para estómagos débiles.

Primero queremos preguntarte, ¿qué es lo que se te hace más detestable o extravagante respecto a la comida? Tu respuesta puede variar de acuerdo a la región de México en la que te encuentres. A lo mejor no soportas que le echen vinagre a la fruta, como en Michoacán. O es posible que no entiendas cómo se puede comer una gordita de chicharrón en bolsita, como en San Luis. Y ya ni hablamos de los esquites con pata de pollo de la Ciudad de México, que algunos odian.

Alexander Von Humboldt escribió con asombro en su “Ensayo Político” sobre la gran cantidad de chile que se comía en México, lo cual a él le parecía extrañísimo, aunque hoy nos da risa: “los indios, que componen una gran parte de la población, no han abandonado su antigua costumbre de sazonar sus manjares con chile en lugar de sal”, decía. Pero quien registró las costumbres más extrañas fue el español Miguel de Barco, que viajó por el noroeste de México de 1738 a 1768:

Carne al cordel

Buscas un pedazo de cuerda y en el extremo le pones una pequeña aguja. Luego buscas un pedazo de carne que esté bien dura, la ensartas al cordel y le haces un nudo firme. Metes la carne a tu boca, le das dos o tres mordidas y te la tragas: pero cuando ya haya llegado al estómago, la jalas con el cordel hasta que vuelva a regresar a tu boca y la masticas de nuevo. ¡¿QUÉEEEE?! Pues sí. Miguel de Barco dice:

“no hay que hacerlo muy de prisa, hace subir el bocado hasta las fauces y, tirando más al pasar por estas estrechuras, causa un traquido tal, que le oyen bien claro los presentes aunque disten muchos pasos”

Esta operación se hacía una y otra vez hasta que el cordel salía limpio (si no hay carne a la mano, se puede hacer con pulpo, decía). Contrario a lo que pueda parecer, esta costumbre se consideraba una manera correcta de comer porque “así se sabe aprovechar el buen bocado, saboreándolo por un buen rato y teniendo el gusto de comerle no una sino varias veces”. Para ellos, comer como lo hacemos nosotros en la actualidad era considerado “comer como coyotes, que a toda prisa engullen su comida”. ¡ARGH!

***

La segunda cosecha de la pitaya

Si formaras parte de los pueblos seminómadas recolectores del siglo XVII, tendrías que hacer esto: comes todas las pitayas que puedas. Luego, cerca de tu casa, pones unas hierbas en el suelo: ahí es donde vas a defecar (¿de verdad hacían eso?). Luego dejas secar tus heces (que vienen cargadas de semillas de pitayas) y ya que están bien secas, las aplastas y haces polvo, separando las semillas de lo demás. Todas las semillas, que ya pasaron por tu tracto digestivo, se tuestan y se hacen harina (¡aaaaargghhhhh!). De Barco apunta:

“Cuando las tuestan echan de sí un fetor intenso, que se difunde por mucha distancia”

Una vez el padre Francisco María Piccolo visitó a estas tribus y comió de la harina que era conocida como “la segunda cosecha de la pitahaya”. Cabe mencionar que esto lo hizo sin saber qué era. ¡Noooooooo!

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Estos datos (y muchos más) vienen en el libro “La cultura del antojito: de tacos, tamales y tortas” de José N. Iturriaga. Ahora tú dinos ¿Qué es lo más detestable que te parece de la comida mexicana? ¡A lo mejor en unos años hacen un texto sobre esta época! ¡Cuéntanos!

Sobre Guillermo Guerrero

Guillermo Guerrero
Blogger primigenio, locutor de radio y periodista. Conoce los secretos y rincones más oscuros de la Ciudad de México. Bebedor legendario de cubas con Ron Matusalem.

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