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El Club de los no natos

Cené con Alejandra hace tres viernes, me llevó a un restaurante de comida de la India en San Diego. Me dijo: “pide lo que quieras, yo invito”. No hace falta decir lo delicioso que estaba todo, yo no comía por platicarle mi vida: el trabajo, los nuevos proyectos, las ganas de viajar más, de ser mejor persona y no hablar mal de los otros, así como de mi viaje a Oaxaca y los resultados médicos no tan favorecedores. Ella se carcajeaba con mis detalles o abría un poco más los ojos cuando soltaba “esa noticia que nadie más sabe”. Después Ale sacó de su bolsa una tira de pastillas, lo hizo cuando me paraba de mi silla para ir al baño. “¿Estás enferma?, ¿para qué es eso?”, le pregunté. “Ve al baño, ahorita te cuento”, me respondió. Y yo, desesperada como soy, añadí: “No, me cuentas ahora”. Entonces vino la verdadera noticia de la noche. “Bueno, pues, estoy embarazada”. Creo que grité un poquito o mucho, no sé. “Pero por favor no le digas a nadie”, me pidió, “no me quiero emocionar porque me da mucho miedo que vuelva a pasar lo que la última vez”.

Alejandra perdió a su primer bebé en marzo pasado. Lloré con ella la pérdida.

Pero saber que en esta ocasión ya estaba en su novena semana me puso loca de felicidad. Entonces vinieron los detalles, el viaje a Hawai, el primero de bebé, pues ya iba en el vientre de mi amiga, y el por qué estaba tomando medicamento: progesterona, para que se prenda bien el bebé. Esa noche nombramos a la bebé (porque estábamos seguras que sería  niña) Desdémona y a partir de ahí la llamamos DD (Deedee) como si ya estuviera con nosotros. Al final de la cena nos despedimos con la idea de vernos en Tijuana el martes luego de su cita con la ginecóloga.

Llegó el martes y, cuando por fin pudimos hablar por teléfono, Ale me dijo: “te marco más tarde, no son buenas noticias”.

Alejandra y su esposo perdieron a su segundo bebé del año. Cuando me lo contó, yo no sabía qué decirle. Incluso ahora tampoco lo sé. Aún me pesa la pérdida: yo no perdí un hijo y sin embargo me entristece, me duele porque quiero a mis amigos, porque cargo con ellos el peso de las convenciones sociales, cargo con el miedo de muchas, ¿qué tal que también a mí me pasa? ¿qué le digo? ¿cómo la apoyo?

Jimena me escribió por Facebook en la madrugada, preguntó si tenía tiempo para hablar con ella. “Flor, me siento fatal, estaba embarazada y lo perdí, tenía dos meses y ya no se pudo, no sé qué hacer; mi cuñada se embarazó al mismo tiempo que yo, pero ella ya va en su quinto mes, no puedo ir al baby shower, no puedo, de verdad no puedo”. La leí, le mandé abrazos virtuales y me sentí la mujer más estúpida, no sabía qué decirle, yo no sé lo que es perder a un hijo.

Molly escribió en Facebook: “Estamos devastados, nuestra hija ha muerto”. En la última cita con los médicos descubrieron que el corazón de su bebecita ya no latía, fue necesario traerla al mundo, salió del vientre de su madre pero no lloró, todos callaron menos su madre, ella inició el año con esta amarga noticia.

Isabel recurrió a la ciencia porque a sus 26 años de edad no lograba embarazarse, tenía 5 años junto a su esposo y ansiaban tener hijos. Con el tratamiento médico se logró un embarazo múltiple: cinco bebés en desarrollo, luego sólo tres. El día del nacimiento de los trillizos, Isabel no pudo verlos enseguida, se los llevaron a cuidados intensivos. Isabel y su esposo regresaron a casa solos. Ella me dijo al contestar mi mensaje de felicitación: “Gracias, aún no me siento tan feliz como debería, llegaron antes de tiempo y eso ha representado mucho riesgo para ellos. Siguen en el hospital y el volver a casa sin panza y sin bebés fue la muerte para mí. Ahora los veo ya mejor y espero sigan así para poder abrazarlos”.

Mis amigas no se conocen entre sí, nunca se han visto, forman parte de un club al que nadie quisiera pertenecer, el club de los no natos. Es una mierda, pero hay amor y empatía incluso en la muerte. He aprendido a preguntar: “¿cómo estás hoy?”, en lugar de “¿cómo estás?”; a preguntar: “¿estás feliz?”, en vez de “¿cómo te va en el trabajo?”; y a no cuestionar a ninguna pareja ¿por qué no han tenido hijos?, ¿para cuándo los hijos?, ¿por qué no tienes hijos?. He aprendido a no seguir los juicios de las tías, “ya estás muy grande, deberías tener hijos ya porque sino vas a ser abuela en lugar de madre, ya no van a tener energía, aprovecha ahorita que tienes hombre porque luego quién sabe: matriz que no da hijos da cáncer”.

Perder bebés en el primer trimestre de gestación es común, pero no nos damos cuenta porque eso no nos importa, seguro tienes a una amiga que ya pasó por esto y no te has enterado, no te lo cuentan porque somos cerrados, creen que las juzgaremos y empezaremos a hacer más preguntas, “¿qué te dijo el doctor?”, “¿vas a poder intentarlo otra vez?”, “¿de quién es la culpa?”; después o antes los juicios, “ya ves, te dije que lo intentaras más joven”, “mejor mija, qué tal que te salía mongolito”, “cuántas veces no te dije que dejaras de fumar”. Pero dentro de esa retahíla de comentarios están también los terriblemente religiosos, “así lo quiso Dios, encomiéndate a nuestro padre Dios, él te va a mandar hijos cuando estés lista, no era el momento”.

Nací en 1983, me educaron para ser una mujer independiente, me dijeron que lo primero era estudiar y luego los novios, que lo más importante para ser feliz era aprender a tomar decisiones y actuar en consecuencia. Me gusta ir en contra del estereotipo y acepto a mis amigos como son, con o sin hijos, por eso escribo esto, para pedirles que se detengan antes de preguntar a sus amigas, conocidas que tienen una relación con alguien, “por los hijos”. Esa pregunta está reservada para el círculo más íntimo de las mujeres, y digo mujeres porque rara vez a los hombres los cuestionan como a nosotras.

Es difícil saber si los hijos no llegan por voluntad propia o porque la pareja en cuestión está pasando por una mala etapa: quizás lo han intentado y no lo logran, tal vez lo están dejando para luego porque el dinero no les alcanza, no quieren tener hijos o los conciben pero no logramos conocerlos.

Sobre Flor Cervantes

Corredora de largas distancias, escribe, ríe todo el tiempo, platicadora, ve Friends por las noches y tiene tres perros, sí tres. Le entra sabroso al whisky en las rocas, también le da por cantar y bailar en donde se pueda.

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