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El grado cero del montículo

En este #TragoInvitado, Alejandro Vázquez Ortiz nos lleva a la estrategia del rey de los deportes.

El béisbol es la imposición del genio sobre la matemática.

Esto es, ser capaz de producir un resultado diferente ante la aridez de los factores repetitivos. El fútbol soccer es un deporte orgánico en donde el genio se despliega y se combate en una tabla rasa.

En el béisbol las reglas están encaminadas a producir un grado cero del montículo: es decir, las condiciones necesarias en donde un lanzamiento de pelota es un ejercicio en donde todas las variables han sido reducidas al mínimo. De lo que se trata es que la relación que media entre el montículo y el plato de home sea de una pureza que invoque a lo sagrado. Entre esos sesenta pies y seis pulgadas solo intervienen los brazos que lanzan, los brazos que batean.

Es debido a esto que en ese erial de puridad nacen las formas más corporales de horror al vacío: los tics. Tocar la visera de la gorra, doble patada al lanzar, ensalivarse la mano, repetir el gesto una y otra vez con la ritualidad del monomaniaco o del sacerdote del neolítico. La regla es árida, pero los ejecutantes la humanizan.

Es esencialmente un juego geométrico, en donde las líneas y las distancias interactúan para crear esos espacios isométricos en donde se privilegia al lanzador. Todas las figuras que interactúan en un juego de béisbol son rectas excepto dos: el montículo y la pelota. De esa redondez emana el centro de poder que pone a funcionar los ángulos, las líneas, las trayectorias y posibilidades.

El pitcher, el jugador privilegiado, es ante todo un contador que debe conseguir que todas las cifras sumen cero. El lanzamiento es una repetición que forzosamente debe de concluir en strike. Cualquier otro resultado es un error; es algo no contado ni previsto en las cuentas y se debe resolver de inmediato.

Cuando el bat conecta, la ejecución de una jugada sigue una canónica estricta. En ese sentido se asemeja la cadencia rítmica de la poesía en donde una asonancia no pedida por el desarrollo interrumpe la armonía.

La jugada es una figura desplegada en una ráfaga que busca un ideal estético. De la misma forma que la ejecución del lanzamiento obedece a intención de grado cero; el bat desea lograr una representación física de una proeza límite: el home run. Si lo logra ocurre el milagro. El genio y el momentum se imponen sobre el vacío y la repetición matemática.

Aparece la flor de la cifra en forma de 1; la defensiva intenta tapar la floritura lo más rápido posible, borrar el guarismo, y en cosa de unos segundos la ley de la pelota que lo quema todo, deja la puerta abierta para que corra el genio. Que campe con furia la imposibilidad de que 0 más 0 sumen 1.

Safe en segunda.

Cosa curiosa. Hay una isometría que el béisbol no permite: el empate. Una cifra debe descuadrarse, es necesario construir la victoria entorno al error. Si el número no aparece el partido se alarga sin fin como un cálculo matemático infinito en un procesador que no encuentra lo que busca.

Se deshecha la bola.

Al pitcher se le ofrece una bola nueva: las costuras rojas, inmaculada. Se reanuda el ritual para volver a ese grado cero del montículo mientras el corredor en segunda se sacude el polvo. El lanzador se ensaliva la yema de los dedos, en su mano Doña Blanca puede quemar o subir al cielo. Se toca la visera. Patea dos veces el montículo y volverá a intentar que todas las cifras sumen cero.

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Alejandro Vázquez Ortiz (Monterrey 1984) es escritor y editor en Editorial An.Alfa.Beta. Ha publicado los volúmenes de cuentos Artefactos y La virtud de la impotencia, libro con el que ganó el Premio Nacional de Cuento Joven Comala.

 

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