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El silencio preciso

Qué decir y qué no decir para confortar a alguien que perdió a un ser querido.

No existen palabras adecuadas para consolarnos cuando enfrentamos la muerte de alguien a quien amamos, por eso se inventaron fórmulas de cortesía como “te doy mis condolencias” “lamento tu pérdida” o “te doy mi más sentido pésame”; frases de tarjeta Hallmark, de sentido hueco, la verdad, bastante torpes. Cuando nos vemos en la necesidad de recurrir a una de ellas, buscamos la expresión menos inadecuada, según la persona, según el contexto, nomás para salir del paso, porque algo hay que decir, no queda de otra, la muerte nos llega a todos, shit happens.

Pero ya, hablando en serio: ¿“Pésame”? ¿De verdad? ¡Ni siquiera estamos seguros qué conjugación es esa! Si fuera verbo equivaldría a decir “quiérote”, así de lejano y artificial, y si como reflexivo no funciona, como sustantivo es todavía peor. Pasemos a “condolerse”, ¿qué diablos es condolerse si no compartir el dolor? ¡Nada más falso! Los otros, los que no amaron, no pueden compartir el dolor. Más honesta en su descaro es “lamento tu pérdida”, sí, la tuya, no es mía, a mí me vale tres pepinos, yo estoy a salvo.

¿Acaso lo más empático será guardar silencio y, en lo posible, abrazar, acompañar? Yo digo que sí, al menos en mi caso es lo que prefiero y por desgracia cuento con un buen récord de pérdidas como para saber de lo que hablo. Si no tienes algo realmente bueno qué decir, algo que realmente alivie o reconforte, tal vez lo mejor sea guardar silencio.

Como la gente en general es poco ducha en eso de cerrar el pico, durante las exequias de mi madre de plano mejor le puse mute a la realidad. Asentía de forma automática cuando la persona frente a mí movía los labios, pero no recuerdo media palabra que alguien hubiera dicho que me hicieran sentir mejor, nada me confortó. Recuerdo, eso sí, los abrazos, y pocos fueron verdaderos. Los había de compromiso, los había de profunda pena, el abrazo de mi padre era rígido, como para contener, como para evitar que me fuera de cabeza en el abismo. Por supuesto, no lo logró.

Señores, si van a dar un abrazo a una persona en pleno duelo, por favor, que se sienta verdadero: un abrazo de cuerpo entero, de corazón abierto, envolvente, cálido, sin temor a sentir los latidos del otro, sin temor a oler que quizá no se ha bañado en tres días, sin miedo a cruzar nuestra cabeza sobre el hombro del otro, para invitarlo a que haga lo mismo y confíe en nuestro hombro, un abrazo prolongado y generoso, aunque solo en la medida que el doliente lo permita, sin apretar demasiado y sin arrimar el mueble, por supuesto.

Con el fallecimiento de mi abuela, lo peor que me dijeron fue “pues pobrecita, pero ya le tocaba, estaba muy viejita, estaba visto”. Carajo, obvio que estaba en tiempos extra, ¡tenía 87 años!, pero ni era pobrecita, ni porque estuviera anunciado dolió menos perderla. La tanatóloga, por el contrario, me dijo algo realmente bueno cuando confesé que me sentía culpable por no haber estado ahí en su último aliento. Lo que dijo fue: ¿Y quién te asegura que ella quería que estuvieras? A la mejor quiso ahorrarte la pena de presenciar su agonía, ¿no te parece? Y sí, para las muy dignas pulgas de mi abuelita, sí lo creo. Me sentí mejor. En esto de la muerte la dignidad es requeteimportante.

El martes pasado asistimos al funeral de mi tía Larita, la menor de los hermanos de mi padre, la más dulce, la más amorosa, la única que le decía sus verdades a todo el mundo y tenía la autoridad para hacerlo, pues fue la que sacrificó tres años de su cortísima vida a cuidar a la abuela en su vejez. Yo la quería muchísimo, la sigo queriendo. Me duele todavía escribir esto. Sigo emputada, porque es lo mejor que sé hacer ante la muerte, emputarme.

Esta vez corrí con mucha más suerte, no estaba sola y en todo momento me sentí confortada por mi querido Guillermo Guerrero, de quien abracé las 22 horas que estuvimos allá, así, sin necesidad de decirnos nada. Ah, pero los parientes… en especial ese que a llegó durante el funeral, en el momento más vulnerable, me puso la mano en el hombro con la dureza de quien domina a un perro y se puso a recetarme un sermón acerca de lo que mi tía sentía y no sentía, acerca de lo que debía sentir y no sentir yo, acerca de la vida y de lo que según él vale, en una serie de frases cuidadosamente decantadas de las obras completas de Paulo Coelho. Entiendo que lo hizo sin ánimo de molestar y tal vez su intención fuera buena, pero expresarse desde la superioridad moral de los creyentes, el gesto con que quería empequeñecerme y el mal momento que eligió, no se justifican. Merezco un premio por haberme contenido y no ponerle un puñetazo en la cara. Eso sí que me hubiera confortado.

En fin, si no eres ducho con eso de los duelos y quieres un par de tips, ahí te va:

No hables de Dios, de fe, de posibles devenires metafísicos: que si está en un mejor lugar, que si está cuidándote desde el cielo rodeado de querubines, que si va a reencarnar en tu nieta, en tu gato… Sssh! No sabes cuáles son las creencias del deudo ni las del finado, y aunque lo supieras, nadie tiene la certeza de la vida que viven los muertos.

No digas: “ya va a descansar”, porque lo más probable es que el finado no quisiera descansar, quería seguir vivito y coleando. En todo caso, quería librarse de la enfermedad que lo torturaba.

No digas “piensa en lo feliz que fue” porque hubiera querido seguir siendo feliz en lugar de morirse.

Se vale preguntar ¿cómo estás?, porque de algún modo hay que comenzar la conversación y se agradece la naturalidad de esa sencilla fórmula, aunque claro que también se vale contestar: “de la chingada”.

Se vale preguntar (a discreción) ¿qué necesitas? ¿Quieres un trago de whisky o un café que no sea de la máquina del velatorio? ¿Quieres una sopa caliente? ¿Comiste algo? ¿Quieres toallitas húmedas? ¿Ansiolíticos? ¿Quieres que saque a tu perro? ¿Que lleve tu ropa a la la lavandería, que le dé de comer a tu gato? ¿Qué te supla unos días en el trabajo? Pasadas las exequias, se vale proponer una cena, un helado, una peli para distraerse, una salida de la ciudad.

Aunque los dolientes suelen negarse por pudor a estas propuestas, la verdad es que valen oro y, si hay la confianza y se las aceptan, serán de verdadera ayuda.

Sobre Ave Barrera

Ave Barrera
Escritora y traficante de mezcal. Nació en Guadalajara, pero hace ya varios años obtuvo la nacionalidad chilanga. Su primera novela se titula Puertas demasiado pequeñas (Alianza 2016) y la segunda anda buscando suerte. Sus cuentos están publicados en antologías y sitios web.

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