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Entenderse con un perro

Ave Barrera nos habla de sus cuestionamientos de la otredad con los animales a partir de su relación con Cuco, a quien le diera por mearse en todos los rincones de su casa.

Soy una persona gato. No solo de gatos, sino gato. Desde pequeña he tenido gatos como compañía (en ocasiones como única compañía), así que me considero agregada de la República Felina Independiente. Pero hace exactamente un mes, llegó Cuco. Lo encontramos en la puerta del edificio y entró como Juan por su casa. Lo dejamos en el pasillo una noche, y a la mañana siguiente Guillermo me encontró en las escaleras, abrazada al cuerpecito tembloroso del mestizo amarillo, y en lugar de “buenos días” le dije: ¿Podemos llamarlo Cuco?

Traté de ser ordenada y metódica para evitar que hiciera estropicios o que hubiera algún encontronazo lamentable con doña Gato. Lo bañamos y vimos que no tenía pulgas ni parásitos, que estaba sanito. Como era muy probable que se le hubiera escapado a alguien durante el temblor del 7, subimos su foto a sitios de búsqueda de perros y de mascotas encontradas. Anduvimos preguntando en el barrio, a los vigilantes de los edificios y a los puesteros si alguien lo conocía, pero no solo decían no conocerlo, sino que nos veían con una risilla burlona que significaba algo así como “por dios, pero si es el perro más corriente del mundo, ¿quién se va a preocupar por recuperar a un perro sin casta?”. (Debraye: me parece inaudito el solaz que encuentran las personas con actitudes racistas en el tema de los perros. Ayer paseaba a Cuco cuando me topé con un niño que le decía a su hermano “el de nosotros es de raza pura, ¿verdad? De raza pura”, insistió varias veces. Me dio risa, pero también pena ajena. Me parece que apelar a la idea de “pureza” de raza es síntoma de un segregacionismo cavernícola, irracional y bastante idiota. Por qué no dejar que la selección natural haga lo suyo, en lugar del orgullo mezquino que hay en pasear perros “purasangre”, llenos de enfermedades congénitas.) En fin, nadie reconoció a Cuco, decidimos quedarnos él y a mí me parece el perro más pinche hermoso de la galaxia.

Vuelvo del debraye para contar lo que en realidad quiero contar: las dificultades de entenderse con un perro. El problema concreto: territorio, domino. La realidad vista desde mis ojos ya se la podrán imaginar, Elvira en acción, “quiero abrazarlo y mimarlo y alimentarlo para que sea el más feliz de los perros”. Desde los ojos de Cuco las cosas eran muy distintas, probablemente algo así como: “De aquí soy, ya encontré una jauría qué liderar. Esta humana débil se rendirá a mis encantos y podré dominarla, hacer mío su territorio, comerme sus botas y hacer lo que me pegue la gana. Lo único que necesito es mearlo todo, seguir demostrando que tengo mucho miedo y en cualquier descuido comerme a ese maldito gato”. Sí, soy una humana tonta educada por Disney, pero no nací para limpiar pipís de perro, así que tuve que tomar medidas.

El pretexto para acudir a un etólogo canino fue el comportamiento temeroso de Cuco cuando lo sacábamos a la calle. Era igualito a Coraje, el perro cobarde: le daba miedo el baño, la transportadora, la secadora, el señor del gas, los alienígenas imaginarios, el camión de la basura y las bolsas de plástico movidos por el viento.

No fue sencillo encontrar a un buen etólogo canino, pero corrí con suerte. Pedro entrena perros de rescate, me contó que estuvo trabajando muchísimo con sus perros después del sismo. Nos hicimos buenos amigos desde que le escribí por inbox. Estudió Letras, sube fotos de los perros que entrena, de los platos de dieta BARF que a cualquiera se le antojarían y frases de filosofía. No prima en su espíritu el ánimo de lucro. A mí se me figura un chamán de coyote.

Durante la larga sesión que Pedro nos dedicó, quedó claro que la dinámica en casa tenía que cambiar, había que entendernos con Cuco por medio de gestos y signos de lenguaje perruno, porque es obvio que los perros no entienden nuestro “hey”, nuestro “deja”, nuestro “bájate”. Apenas estoy aprendiendo, me falta mucho y siento que estoy haciendo todo mal. Me siento culpable por encerrarlo en su transportadora, por tirar de su correa para que no huela todos los postes que se le antoja, por retirarle el plato de agua en lugar de ofrecerle barra libre. Pero es la ley de la jauría y Cuco también tiene que aprender a ser un buen perro con nosotros; es su casa pero no puede mearse donde quiera, lo amamos mucho, pero no puede mordernos las manos, saltarnos encima, destruir nuestras cosas o ladrarle a nuestros amigos.

El asunto clave de todo esto, es el cuestionamiento de la otredad. Le he dado muchas vueltas y no termino de resolverlo. Proyectamos en los animales un sentido de compasión, de piedad, de bondad o de dominio construidos por el humano, y eso a final de cuentas es más egoísta y cruel. En ese sentido, lo generoso sería tratar de asomarnos al modo como ven ellos el mundo para establecer una relación permeable, de correspondencias e intercambios. Eso representa volvernos un poco animales y creo que es la parte que cuesta más trabajo: renunciar a la seguridad que nos da nuestro propio sentido de bondad y de compasión, dejar de lado nuestros códigos y aprender los suyos. A final de cuentas, entendernos. Y ya se sabe que eso es difícil, incluso con los de nuestra propia especie.

 

Sobre Ave Barrera

Ave Barrera
Escritora y traficante de mezcal. Nació en Guadalajara, pero hace ya varios años obtuvo la nacionalidad chilanga. Su primera novela se titula Puertas demasiado pequeñas (Alianza 2016) y la segunda anda buscando suerte. Sus cuentos están publicados en antologías y sitios web.

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