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La tenaza del cangrejo

En el Trago invitado de esta semana, Alfonso López Corral nos cuenta cómo un narrador suele batallar para escribir el cuento ideal durante años y la tremenda frustración que puede llevarse si fracasa.

En verano de 2006 comencé un cuento que vivió sus mejores momentos en ese par de semanas frenéticas en que me decidí a escribirlo. Se titulaba (titula, porque aún no me atrevo a borrarlo) “La tenaza del cangrejo” y lo considero un testimonio del fracaso de las historias con las que nos encaprichamos, confiando en que el tiempo y la distancia nos darán las claves para resolverlo. La historia va (y espero que no se me sale) de un piromaniaco que confiesa sus crímenes, filicidio incluido vía el cerillo, a un periodista que no sólo no le cree sino que -para mayor desgracia del amante de la lumbre– termina adjudicándole los incendios incorrectos .

Con revisiones esporádicas, en el otoño de 2009 decidí reescribirlo por completo e introducir un nuevo personaje que imitaba, pésimo, al narrador del cuento “Bienvenido, Bob”, de Juan Carlos Onetti. Algunas frases y comparaciones matonas, que hoy en día no sé qué quería decir con ellas (por ejemplo: “el hombre hablaba con la autoridad de un caballo saciado, de un insecto del verano”), me convencieron de que el cuento funcionaba y que había valido la pena terquearle tres años para finalizarlo. Introducía además una técnica para nada novedosa, que era una entrevista periodística dentro de una entrevista periodística. Ya imaginarán el galimatías que me cargaba.

Pero en 2009, 2010 y 2011 releía el cuento y juraba que funcionaba como reloj suizo. Ni siquiera la opinión negativa de algunos amigos que me lo revisaron -no una sino hasta dos o tres veces- me convenció de reescribirlo otra vez o de olvidarme por completo de su historia y dedicarme a otros cuentos. Pero no lo borré. Esa vocecita terca que es la necedad me soplaba al oído que el cuento tenía ángel y sólo era cuestión de encontrarle la aureola.

Volví a releerlo en 2015 de forma desesperada, porque me amenacé: “o lo terminas o no vuelves a escribir otro cuento”. Esta amenaza ya me la había hecho antes y no sólo no conseguí terminar el cuento, sino que terminé el borrador de un libro de cuentos que para nada, ninguno, me dio la batalla que me ha dado “La tenaza…”. Pues bien, algún hado de las letras me maldijo, porque en 2015 no sólo no conseguí finiquitar tan penoso asunto, sino que un amago similar dio por resultado que escribiera otro libro de cuentos que se deslizó como piojo sobre peine vaquero en cabellera lacia.

El invierno pasado creí que por fin había descubierto la posible falla: eliminar una de las entrevistas periodísticas y dejarme de técnicas metatextuales, intertextuales, impositextuales o como se diga. Eliminé la entrevista dentro de la entrevista y, ya encarrerada la liebre, borré la entrevista restante. ¡Eureka! El resultado fue que la historia tampoco funcionó y me tiene ciclado. A la primera oportunidad me planto frente a los primeros párrafos y los leo y releo tratando de descifrar qué es lo que quieren decirme, qué es lo que quiero decir y cómo. Me recuerdo al decodificador de cartas de Ricardo Piglia en su novela Respiración artificial. Durante esas revisiones me pongo a la expectativa aguardando la punzada, desbarrancarme hacia dentro de la historia. Llevo así algunas semanas. Sobrevivo al margen de la hoja. Ahora me pregunto si no habré atrofiado mi capacidad para reconocer cuándo una narración se ha consumado satisfactoriamente y lo único que queda es hacer repeticiones al vacío.

Hace unos minutos consideré borrarlo, pero enseguida pensé que era la salida más cobarde contra mi falta de recursos y pericia ante una trama y personajes que no terminan de cuajar. Le creo a los escritores que pregonan su goce y éxtasis ante la página en blanco, pero le desconfío como a mormones en ayunas a los que se jactan de revisar con lupa hasta las cagarrutas que las moscas dejan sobre la hoja borroneada.

J. me dijo hace 10 años que lo dejara enfriar un tiempo; pero no me dijo cuánto y me da vergüenza preguntarle. “Hay algo más allí que se te escapa”, me dijo O., justo también hace como 7 u 8 años, ya no recuerdo bien, en una carta que brega más con el remitente que con el destinatario. Hay un instante, inmediatamente anterior a la renuncia, en que uno se percibe indefenso y magnánimo, impotente e imponente, un instante donde el abandono o la porfía no están condicionados por una elección (le sigo y ya o me regreso y ya), sino por el balance de esos estados anímicos que promete la recuperación del que uno era antes de la incertidumbre.

Por lo pronto, he vuelto a proferirme una amenaza y casi maldición: “o termino ‘La tenaza del cangrejo’ o no vuelvo a escribir un solo cuento”.

 

Alfonso López Corral es narrador y sicólogo. Tiene cuatro libros publicados y el más reciente se llama Cien caballos en el mar (Editorial Paraíso Perdido).

 

Sobre Redacción Cazacocteles

Desde el cuartel general de Cazacocteles.

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