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Lo inmediato

Ave Barrera explica por qué no le gusta opinar y por qué a partir de ahora se propone hablar acerca de lo inmediato, aunque eso sí, muy a su modo.

Nunca me ha gustado dar mi opinión. Me parece presuntuoso, un poco narcisista e invasivo, como usar un perfume que huele demasiado. A final de cuentas a quién le importa lo que opino sobre tal o cual cosa, si a veces ni a mí misma me importa. Hacerse una opinión firme sobre un tema en particular me parece inútil: las opiniones son necesariamente subjetivas y relativas; es complicado juntar todos los argumentos para formarse una buena opinión sobre cualquier tema. De ahí que las opiniones valiosas son aquellas capaces de sopesar la mayor cantidad de argumentos, y luego resulta que las variables van cambiando, que era necesario tomar en cuenta algo más.

Cuando he intentado hacerme una opinión sobre un tema espinudo acabo por aburrirme. Pocas cosas me causan tanto hastío como una mesa sin alcohol, donde hombres convencidísimos de tener la razón esgrimen sus ideas como si se les fuera la testosterona en ello. Paso. Por otro lado, escribo, a eso me dedico; de algún modo la escritura y la opinología van de la mano. Cuando mi tío el abogado me pregunta con un dejo de desencanto por qué no soy periodista, le digo que no se me da escribir acerca de lo inmediato, que lo mío es la ficción y prefiero dejar que los personajes se enreden en los nudos de su hipotética existencia. Ahora que, si soy honesta, debo reconocer que algo de miedo debe haber en mi disgusto por la opinología. En la escritura uno suele hacerse el escurridizo con los aspectos que más calan. Desde que me asumí feminista me dio por sospechar que algo tiene que ver una cosa con la otra; la falta de ánimo opinador, con mi identidad de género, con el valor que doy a mis pronunciamientos. Crecí entre hombres explicadores, las mujeres debíamos apoyar los codos en la mesa, contemplar con mirada devota y asentir. En la religión de mis padres se prohíbe que las mujeres den discursos. Pueden predicar, pero no pueden ser “ministras”; pueden servir, pero no pueden tener autoridad. Por supuesto que es una estúpida aberración, pero con esa estructura me lavaron el coco cuando era niña.

Ahora, luego de muchos años, ya curada de espantos, me pregunto hasta qué punto las mujeres normalizamos nuestro silencio o lo justificamos como un rasgo de carácter, como una supuesta predilección: “elijo no hablar o no opinar porque qué hueva”. ¿En serio, “elijo”? La verdad es que sí me parece necio esgrimir argumentos sobre una mesa, cuando puedo estar empinando el codo, zampándome unos buenos tacos o contando un chiste, una historia, una anécdota, sin necesidad de sorrajar sentencias a puño cerrado. Pero también es cierto que disfruto mucho de saber que mi voz y mi escritura tienen un lugar, que hay personas con quienes puedo dialogar, que puedo ser escuchada. Agradezco enormemente la generosidad de los que me leen y el cariño de los amigos que prestan oído a mis palabras. Sin embargo, a la hora de elegir guardar silencio o no opinar, quiero estar segura de que no son mis condicionamientos machistas patriarcales asimilados de forma inconsciente lo que me está tapando la boca, sino la razón, la búsqueda de argumentos, las ganas de departir en lugar de disentir.

Escribir acerca de lo inmediato sin convertirlo en ficción es para mí una cosa nueva, pero en Cazacocteles me siento con la confianza de hacerlo porque es justo lo que decía antes: una mesa amigable y generosa para departir, reírnos un rato, pasarla bien, contarnos chistes, chismes, historias locas, confesiones descaradas, irreverencias, desfachateces, ideas para cambiar el mundo, tonteras, mames, cosas así.

Sobre Ave Barrera

Ave Barrera
Escritora y traficante de mezcal. Nació en Guadalajara, pero hace ya varios años obtuvo la nacionalidad chilanga. Su primera novela se titula Puertas demasiado pequeñas (Alianza 2016) y la segunda anda buscando suerte. Sus cuentos están publicados en antologías y sitios web.

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