Home / Tragos de autor / Ave Barrera / Lo que nos trajo el 7S

Lo que nos trajo el 7S

Ya dejó de ser TT en redes, ya se nos pasó el susto y dejamos de voltear a la lámpara para ver si se mueve. Sin embargo, las consecuencias esta vez fueron mucho más allá del meme del bolillo y de las anécdotas chistosas… 

Pasaron diez días del movimiento telúrico que nos sacó a todos de nuestras casas, cuando estábamos acurrucados, viendo la tele, a punto de dormir o apenas agarrando vuelo. Afuera hacía un vientecillo helado y lento, como la exhalación de un refrigerador de paletería. Unos alcanzamos a ponernos pantalones, otros no. Muchos se salieron sin suéter y les dio gripa. Desde el camellón de la avenida Arcos de Belén, esquina con Revillagigedo, donde nos reunimos todos los de la cuadra en menos de cinco minutos sintiendo cómo el suelo bajo el asfalto se retorcía recordando su pasado volcánico, contemplamos las luces color turquesa, azul, blanco, lila que iluminaron la bóveda nublada de esa noche; destellos como de relámpago invertido que se proyectaban del suelo al cielo. Sentimos el escalofrío que suelen producir los fenómenos de la naturaliza, también la fascinación y el asombro; también el miedo. La tierra dejó de moverse, pero nos tardamos en estar seguros de que el mareo fuera solo un reflejo, como cuando bajamos de un barco o de un brincolín, todavía con el vaivén en la cabeza. Cuando finalmente nos sentimos seguros, regresamos a nuestras casas, a nuestras cobijas todavía calientes, a la tele, al teléfono, a los chistes malos, a mandar mensajes. Unos. Otros no tuvieron tanta suerte.

Si hay algo en el mundo que mi hermano Luisito ame con toda su alma, más que a la poesía, más que al pan dulce, es su bello Juchitán. Admiro muchísimo el arraigo y el orgullo amoroso que le produce su tierra, su origen, su lengua materna, su familia juchiteca. Debo reconocer que hasta siento algo de envidia y me encelo, pero solo poquito, porque Luis es muy compartido: me enseña majaderías en zapoteco, su familia es también la mía, su casa me ha alojado, guardo en el corazón la memoria de Ta’ Manuel y el molito de camarón de Na Felipa me ha hecho muy feliz. Ahora Juchitán está de luto. También su dolor es mío, y su desesperación. Llegará la ayuda, aunque no siempre a los más necesitados. Juchitán ya dejó de ser TT, porque se aprontaron otras desgracias: el país, el atroz feminicidio Mara Castilla, la farsa del Grito de Independencia con humanos de utilería. La gente del Istmo tendrá qué comer mañana o pasado, sí, lo grave no es tanto eso, sino que perdieron las casas con su memoria, con sus historias. Y ¿con qué ánimo edificar de nuevo, restaurar la parte material, cuando el deterioro está clavado bien adentro? Se les vino abajo el mundo. Muchos fallecieron, muchos tardarán en recuperarse del golpe de perderlo todo. Lo bueno es que existen personas generosas como Natalia Toledo, Mariana Cantú o el mismo Luis Amador, que han trabajado muy duro para resolver las necesidades materiales y humanas de la gente de Juchitán, y que no se cruzarán de brazos cuando hayan retirado los escombros. El Istmo es mucho más que las bardas que cayeron; su brillante ánimo, su sentido del humor, su fortaleza de espíritu encontrará la manera de prevalecer como ha hecho siempre.

Sin embargo, no todo es amargura. Algo más sucedió la noche del temblor, algo bonito, algo que me cambió la vida por completo: Cuco. Dos días después del temblor, al regresar a casa encontramos en la puerta del edificio a un perrito amarillo, todo tembloroso y tembeleque. Al parecer se le escapó a alguien la noche del siniestro. Tan pronto como abrimos se metió y se subió hasta nuestro departamento. Le dimos agua y una rebanada de pan con leche porque no quiso las croquetas de Gato. Pasó la noche en el pasillo de las escaleras. A las seis de la mañana me desperté y fui a abrir la puerta con el corazón alborotado. Quería que siguiera estando ahí, y ahí estaba. Algo me dijo que “andábamos sin buscarnos, pero andábamos para encontrarnos”. Esa mañana le dimos un nombre, lo bañamos, le compramos un chaleco de polar, una correa, croquetas y un collar. Ahora Cuco tiene una casa, mi corazón tiene un perro amarillo, y los dos somos muy felices.

Sobre Ave Barrera

Ave Barrera
Escritora y traficante de mezcal. Nació en Guadalajara, pero hace ya varios años obtuvo la nacionalidad chilanga. Su primera novela se titula Puertas demasiado pequeñas (Alianza 2016) y la segunda anda buscando suerte. Sus cuentos están publicados en antologías y sitios web.

Puede interesarte

Movember, deja crecer tu bigote

Nos adelantamos con este #TragoInvitado donde Efrén Cervantes nos invita a unirnos a #Movember, ¿no …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *