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Los años recobrados: una noche con U2

Existen grupos musicales que uno amó con todos los sentidos, pero que de pronto —con el paso de los años y los discos escuchados—, uno acaba desenamorándose de ellos porque sacaron un álbum flojo o simplemente porque repitieron la fórmula musical que los llevó al estrellato. Así me pasó hace un par de años con U2, la banda sonora de mi niñez, adolescencia e incluso la que me acompañó muchos kilómetros durante mi viaje a Tijuana junto a Flor, mientras yo manejaba en carretera para pronto levantar nuestra casa en la frontera más transitada de México. Pero el 29 de septiembre de este año ese desencanto llegó a su fin y justo en el Qualcomm Stadium, donde hace no tanto jugaban los Chargers antes de mudarse a L.A., volví a enamorarme del grupo irlandés y de cada una de las canciones de su disco The Joshua Tree.

Y digo enamorarme porque el concierto tuvo dos significados profundos para mí: el festejo de mis 6 años de matrimonio y la concesión de un deseo postergado por mucho tiempo. Cada vez que intenté asistir a una presentación pública de ellos, la falta de dinero, de transporte o el no haber alcanzado boletos para el concierto me habían evitado estar muy cerca del grupo que trastocó mi educación religiosa cuando escuché por vez primera, por recomendación de mi hermano mayor, la canción que habla de Jesús atravesando un templo y la otra que dice también que uno puede seguir en pie con o sin la persona que amó, pues U2, además de promocionar las canciones del Joshua, tocó “One” y “UltraViolet”.

Sin sorprendernos demasiado, los seguidores llenaron el estadio porque quizá The Joshua Tree sea su mejor álbum. Un disco conformado por 11 canciones que hablan del amor, de las secuelas de la guerra, de la amistad y hasta la maldad humana, y el cual —y éste quizá es su mayor significado— también fue producido por la mano mágica de Brian Eno, el mismo que ha logrado que grupos importantes para los entendidos en el rock hayan creado disco memorables, como Travis o Coldplay. Bandas que nos acompañaron cuando dimos mucho amor creyendo estar enamorados, cuando alguien nos rompió el corazón o nosotros se lo destrozamos con intención o sin habernos dado cuenta.

Sobra decir que Beck abrió el concierto. Sólo un cantante de esa talla merecía ser el telonero de otro gigante. Flor y yo, con cerveza en mano, escuchamos aquella canción que tanto nos recuerda la preparatoria y las primeras borracheras con los amigos: “Loser”, pues la música, más allá de lo que tratan de decirnos las letras de sus canciones, lo que en realidad nos comunican son las experiencias que vivimos en el pasado, al escucharlas una y otra vez solos, con los amigos, los hermanos o con quien en ese momento era importante para nosotros.

Y eso lo confirmé cuando Larry Mullen, Adam Clayton, The Edge y Bono salieron al escenario a cantar “Sunday Bloody Sunday”. Pero en realidad las fibras sensibles de mi adolescencia se activaron, bulleron y reventaron, al punto de que una lágrima alcanzó a rodar por mi pómulo, cuando se encendió la enorme pantalla del escenario hasta ponerse de azul a roja, mientras el árbol del Joshua Tree cambió al negro como una sombra, se escuchó el órgano grave, lento y poco a poco se oyeron también las inconfundibles de “When the streets have no name”. En la pantalla apareció en blanco y negro la profundidad del cielo, la densidad de las nubes y una enorme carretera caminada, a sus costados, por hombres y mujeres parecidos a migrantes buscando un hogar. La carretera a blanco y negro, más la voz de Bono cantando I wanna run, I want to hide… me volaron la cabeza.

 

Y entonces recordé.

Recordé cuando mi hermano y yo, chicos, él con 17 y yo con 12 años, vimos ese documental en la televisión pequeña de nuestra habitación, que nos narraba cómo se había conformado la banda irlandesa, la producción de sus discos y las historias ocultas que los motivaron a escribir ciertas canciones.

Recordé cuando, más crecido, acabé mi primer libro y, como un ritual que aliviaría el cansancio, pero también festejaría la culminación del proceso largo de escritura, puse esa canción en el estéreo para estirar los músculos, las piernas, acurrucar la cabeza en la almohada del sofá, poner en blanco la mente y decirme “lo has hecho bien, campeón, lo has hecho bien, ahora descansa”.

Recordé aquella videollamada por Skype, donde mi hermano desde Zacatecas, yo a miles de tantos kilómetros de distancia en España, lo oía decirme que cada vez que escuchaba “Where the streets have no name” me imaginaba caminando perdido en calles desconocidas, sin nombre.

Recordé a mi mejor amigo de infancia, aquel que me enseñó a beber, a fumar, a declararle mi amor a las mujeres, decirme que me gustaban las canciones de gay porque escuchaba U2.

Y recordé que después, 8, 10 años quizá, él desaparecía en carretera, en esa misma carretera que Flor y yo mirábamos absortos en el escenario.

El concierto tuvo momentos climáticos canción tras canción.

Entre las últimas estuvo “One” y Bono la dedicó a Ciudad de México, especialmente a las víctimas del terrible terremoto del 19s. Otro momento entrañable sucedió casi al cierre. U2 agotó las canciones del Joshua y los músicos desaparecieron de nuestra vista. El público creyó que ya no saldrían de nuevo y que nos iban a quedar debiendo. Pero volvieron con “UltraViolet”, una de las mejores del Achtung Baby y, cuando me paré para sacar mi celular y grabar , Flor entendió que era la melodía de la que alguna vez le hablé, esa en la que Bono decía en entrevistas que se la dedicaba a las mujeres, aunque los mitos urbanos difundieron el rumor de que en realidad se la dedicó a la heroína -una de las drogas más duras- en sus tiempos de juventud. 

Durante la rola, el “light my way” ya no era la típica frase que alumbraba mi camino de juventud, cuando uno dormía entre rocas y la ópera, con su ruido vertiginoso, abrumaba mi cabeza. El “enciende mi camino” se trocó en esa noche en la que Flor, al lado mío, cantaba mucho mejor que yo “UltraViolet”, aunque apenas estaba aprendiéndose la letra. Ambos cantamos como si desde niños la hubiéramos escuchado juntos y nos hubiéramos preparado —cada quien por su lado recorriendo ese trayecto que llamamos vida— para escucharla nuevamente, pero ahora distintos, con más recuerdos, con más amores perdidos y recobrados, más maduros, menos sentimentales, muy juntos y agarrados de la mano.

Sobre Joel Flores

Joel Flores
Escritor, corredor y fiel creyente de las historias escritas. Conoce Zacatecas como la palma de su mano y Tijuana como las plantas de sus pies. Es bebedor social de caguamas y cerveza artesanal. Escribe mientras corre y viceversa.

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