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No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos

¿En serio la novela de Villalobos es tan buena como todos juran?

Los mexicanos amamos a Jorge Ibargüengoitia y muchos autores han tratado de reproducir en sus textos, sin éxito, el humor y la mirada crítica del escritor cuevanense. Es obvio: Jorge pertenece a esa época que ya no existe y en la que se definió el México de hoy, es decir, el país que se come una torta de milanesa y tiene que escoger entre chipotles o chiles en vinagre. Todo lo que leemos de Ibargüengoitia provoca un “¡ay! ¡de veritas que así somos!” y nos sentimos identificados con él, porque fue en aquellos años en la que entramos a la modernidad (lo que sea que eso signifique).

Así que cuando me dieron a leer el libro de Juan Pablo Villalobos y me dijeron “revisa este libro, es como Ibargüengoitia”, lo primero que hice fue levantar la ceja hasta la mollera y exclamar un sonoro “excuseeeee meeeee?”. En este momento, amable lector, sé que querrá saber si tal afirmación es verdad. Para ahorrarle la lectura de todo este post, lo diré de una vez:

Sí. Juan Pablo Villalobos es tan ingenioso como Ibargüengoitia. No es él, no tiene su humor (ni pretende), pero el libro “No voy a pedirle a nadie que me crea es de lo mejor que se publicó el año pasado. Si quieren saber porqué, aquí lo explicaré.

***

En principio, usa el recurso Ibargüengoitiano de la “ficción sobre un contexto autobiográfico”, como en el clásico “La Ley de Herodes”. En “No voy a pedirle…” nunca se está completamente seguro si el autor es el protagonista real de la novela. Su personaje principal se llama Juan Pablo y viaja a Barcelona (¡como el autor!) y pretende desmenuzar el humor latinoamericano (¡¡¡como el autor!!!). Además, es un libro que hace referencias a sí mismo, en una suerte de “La historia interminable” de Michael Ende: hay una parte donde uno de los personajes dice “si esto fuera una novela, estaríamos después de la página 200” y ¡¡SÍ LO ESTÁN!!.

Vaya, qué ingenio y descaro el de este tipo. Ahora resulta que es como Atreyu.

Una vez Ibargüengoitia escribió que hacían falta más novelas de enredos e intrigas en la literatura mexicana. Bueno, pues esta es más enredosa que una madeja de estambre. Y su humor no recurre al pastelazo, sino que se acerca a las películas de Buster Keaton, donde los sujetos van de lo más serios, mientras les suceden cosas inverosímiles que nos hacen soltar una buena risotada.

Con todos halagos querrán saber de qué va la historia. La premisa es simple: Juan Pablo es un chico de Jalisco que obtiene una beca para estudiar en Barcelona y pretende llevarse a su novia con él. Justo antes de partir, aparece en escena un primo que le propone un negocio. Un primo de esos que todos tenemos. El primo fantoche y fanfarrón que jura que te está dando la oportunidad de entrar a un gran negocio y que quiere hacerte el favor de sacarte de pobre; ese primo echado pa’ delante, que te dice “estoy haciendo esto porque somos familia, primo, porque nos tenemos que apoyar”.

Obviamente algo sale mal. Y digo “obviamente” porque si saliera bien, el libro se acabaría en la página tres. Pero no: uno no puede más que ver cómo la desgracia cae sobre nuestros personajes.

270 páginas de una ficción grandiosa, editado por Anagrama en su colección “Narrativas hispánicas”. No voy a pedirle a nadie que me crea, pero “No voy a pedirle a nadie que me crea” no debe de faltar en su librero. Garantizado.

 

Sobre Guillermo Guerrero

Guillermo Guerrero
Blogger primigenio, locutor de radio y periodista. Conoce los secretos y rincones más oscuros de la Ciudad de México. Bebedor legendario de cubas con Ron Matusalem.

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