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Foto:Timo Berger.
Foto:Timo Berger.

Adiós, Ulises

Hace justo una semana me sorprendió el deceso repentino de Ulises Juárez Polanco, escritor nicaragüense con el que hice amistad gracias a la escritura intermitente en los blogs literarios, esos espacios que ahora muchos han dejado atrás para vivir la fiesta de lo inmediato en las redes sociales. A Ulises lo conocí porque me invitó a colaborar en la revista literaria Carátula, cuyo director (amigo y mentor de Ulises) es Sergio Ramírez, el primer Premio Alfaguara compartido con Eliseo Alberto, cuyas novelas tienen un título que tiene que ver con el mar. Allá por el 2010 Ulises me había pedido un par de cuentos para publicarlos en la revista y, a los pocos meses de habérselos mandado, aparecieron en línea junto a una carta que él mismo me pidió para Antonio Gala cuando nos enteramos de que estaba enfermo de cáncer.

Con el tiempo nos hicimos de una amistad cordial y respetuosa, en la que uno poco a poco se interesaba en el trabajo del otro, ese edificio llamado trayectoria de escritor que apenas empezábamos a construir. Ulises venía encarrerado con el apoyo de Sergio, no sólo era una parte importante de Carátula, sino uno de los fundadores y organizadores del Centroamérica Cuenta, donde se reúnen plumas poderosas como la de Jorge Franco, Santiago Roncagliolo, Carlos Cortés, Juan Gabriel Vásquez, Héctor Abad, entre otros. De manera que la relación de Ulises con la literatura no sólo era a través de la creación, sino de la gestión cultural y las relaciones públicas, esta última una área en la que siempre se supo mover muy bien en beneficio de su obra que, si me apuran, es la de un narrador notable no sólo en Nicaragua, sino en Iberoamérica.

Y esa calidad le dio el mérito para ser elegido como uno de Los 25 secretos mejor guardados de América Latina, reunión de escritores seleccionados por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) en 2011, cuando Ulises no rebasaba la línea de los 30 años y todavía no daba el brinco, como se acostumbra en la narrativa, con su primera novela. Pero sus cuentos integrados por los libros Siempre llueve a mitad de la película (2008), Las flores olvidadas (2009) y Los días felices (2011) le daban el empuje suficiente como para que la FIL lo respaldara y recomendara su obra. Una obra que fue construyendo seguramente frente a más obstáculos que los que solemos encarar los escritores mexicanos pues Nicaragua, en comparación con México, no cuenta con un sistema de apoyos y ayudas a artistas jóvenes.

Durante ese periodo nuestras conversaciones siempre eran por chat de cualquier red social. Duraban menos de 30 minutos, porque uno andaba metido en equis proyecto u otro se iba de viaje. Pero siempre hubo una camaradería poco común entre los escritores de mi edad, muy acostumbrados a ver a su homólogo como competencia y, en lugar de seguir su carrera, la espían como si esperaran que sufra un tropezón que los dejara fuera del partido. En Juárez Polanco nunca se vio eso. Cada que se me reconocía por mi trabajo con un premio o beca, Ulises era de los primeros en felicitarme y lo hacía como si fuera mayor que yo, y yo creía que era mayor, por lo que había conseguido y por cómo se manejaba con escritores de más altura que nosotros. Siempre tan profesional, perfeccionista y con una visión de unidad única.

Nuestra siguiente conversación, después de lo de Carátula, fe por Skype. Ulises había conseguido la Beca Valle-Inclán de Arte, Educación y Cultura que otorga el gobierno español y pudo instalarse en la Academia de España en Roma. Al terminar ese ciclo, finalizó la primera versión de su novela y, generoso como siempre, nos compartió a sus escritores cercanos la nueva convocatoria para que postuláramos, incluso se ofreció a darnos asesoría. Yo le tomé la palabra y en la videollamada me explicó los requisitos, los argumentos para que me convirtiera en un candidato idóneo y la forma de respaldar mi postulación para que fuera persuasiva. Casi al final de la videollamada, me habló de su proyecto de novela, una especie de reconstrucción del mito de Ulises (cómo inició su viaje, los lugares en los que estuvo y el final de su trayecto) desde la mirada de un joven escritor de nuestros días que vivía en Italia, apelando a la autoficción, ese género que busca interpretar los hechos históricos desde un yo o alter ego, recurso que a los narradores del 70 y 80 nos ha dado por escarbar como si estuvieran ahí las respuestas a nuestras preguntas existenciales. Recuerdo que la asesoría de Ulises me ayudó mucho, pero al final no postulé porque mis ojos estaban en NYU, una historia que quizá pueda platicar aquí algún día.

En 2016, la misma literatura hizo que nos conociéramos por fin. La FIL me había elegido como uno de los 20 escritores más representativos de América Latina y Ulises iba a presentar uno de sus libros de cuento. Pero había un problema: él llegaba cuando yo me iba. Entre mensajes por Facebook coordinamos un encuentro en el hotel. En lo que yo sacaba mis maletas y las de Flor, él llegó junto a Marjorie, su pareja, con la llave de la misma habitación (según mi mala memoria la de la 6211) en la que nos habían hospedado. En el lobby hicimos bromas sobre si no habíamos olvidado algo comprometedor, pues, si ellos lo encontraban, terminarían haciéndolo público por Facebook, y eso, según el buenazo de Ulises, arruinaría mi reputación de ochentero. Al final terminamos tomándonos una foto, como dijimos entonces, para cuando fuéramos grandes. Una foto que, lamentablemente, nunca supimos quién la tomó ni dónde quedó.

Hoy hay vida y mañana hay muerto o viceversa. La literatura no muere, eso siempre me digo cuando escribo, pero también cuando leo a uno de mis contemporáneos que me han enseñado más que los clásicos. La buena literatura perdura y está allí como el fuego inextinguible. Ulises se fue pero nos quedan sus libros. Y nos queda la novela que dejó terminada, una obra que debería publicarse como si él aún se encontrara con nosotros, para que deje de ser un secreto y brille como la generosidad del autor hacia sus compañeros de generación.

Sobre Joel Flores

Joel Flores
Escritor, corredor y fiel creyente de las historias escritas. Conoce Zacatecas como la palma de su mano y Tijuana como las plantas de sus pies. Es bebedor social de caguamas y cerveza artesanal. Escribe mientras corre y viceversa.

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