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Foto: Dustin Lee

¿Por qué tenemos tres trabajos?

Qué bonito sería vivir holgadamente, trabajando solo en aquello que nos apasiona, lástima que la vida tenga otros planes… 

Ya se sabe que los tiempos han cambiado. Antes, la gente con inquietudes creativas podía darse el lujo de nadar de muertito y vivir de la herencia familiar, se conseguían un mecenas, se casaban con una viuda millonaria o le hacían ojitos al rey. Ahora los reyes y las viudas millonarias han replanteado sus prioridades. Los mecenas legaron su rol a las instituciones que conceden becas y son tan pocas, y tan fortuitos son sus designios, que da lo mismo comprar un billete de lotería una vez a la semana. En estos tiempos, quien quiera hacer algo creativo se tiene que partir en tres, mínimo.

Debo aclarar de cuando digo “inquietudes creativas” me refiero al arte, sí, pero también en un sentido más amplio a la “espinita” por hacer cosas. El llamado de la pasión; que hay quien reprime, hay quien domina y hay quien se deja arrastrar hasta las últimas consecuencias. Me parece que reprimir el llamado de la pasión no es necesariamente malo, la vida a veces llama con más fuerza. También respeto a quienes saben dominar la inquietud y le dedican un par de horas a la semana, la dosis mínima para alimentarla sin que se convierta en el monstruo que suele arrastrarnos hasta oscuros abismos a los que no supimos o no quisimos ponerle un alto.

Lo ideal, por supuesto, es tener la vida resuelta o que nos paguen por hacer lo que nos gusta. Pero además de que eso casi no sucede, lo cierto es que también tiene sus trampas. El meollo está en el “que nos paguen”. ¿Que nos pague quién? ¿Una empresa? ¿Un tercero que se enriquece con tu talento? ¿En serio? Tarde o temprano nos damos cuenta de lo que vale nuestro tiempo y de lo injustas que suelen ser las relaciones laborales cuando se trata de empleos “creativos”. En el inter, el monstruo siguió creciendo, ya no le basta con el tiempo que le dedicabas en las noches o los fines de semana, ¡tiene  hambre! Y lo peor de todo es que sabes que si pudieras invertirle más, incluso rendiría buenos frutos. Ese es el momento de quiebre: renuncias a tu empleo de tiempo completo.

Lo que necesitas (te dices a ti misma) es un trabajo que te permita tener el control de tu tiempo. ¡Claro, tiene toda la lógica! De ese modo puedes negrearte unas cuantas horas a la semana para darle todo lo demás al llamado de la pasión creativa. Pero las cosas no se quedan ahí, no señor. Qué bonito sería. El panorama que suele presentarse a continuación es: o bien necesitas un ingreso extra porque el trabajo de freelance es variable y se paga mal, o bien te das cuenta de que necesitas capacitarte más, tener más tablas para seguir con tu trayectoria profesional porque está dura la competencia. Puede ocurrir que se presenten ambos casos, y entonces sí, es cuando se junta la lavada con la planchada. Y todo esto, sin tomar en cuenta los altibajos de la vida. ¿Te suena familiar?

Luego de ocho años trabajando de freelance y haciendo malabares con los proyectos me di cuenta de que varios colegas y amigos andamos en las mismas, así que inventé una teoría. La llamo el banquito de tres patas. Se trata de equilibrar el desempeño profesional en tres puntales, ¡no más! Tres es un buen número, créeme. Si uno se sobregira luego llega la factura con los intereses, que suelen ser altísimos porque el saldo a deber se le carga casi siempre a la salud o a las relaciones personales y no queremos eso. Si quieres crear, necesitas estar entero. 

Las tres patas del banquito pueden ser:

A)

-Lo que te da un ingreso base

-Lo que te da un ingreso extra

-Lo que en realidad quieres hacer.

B)

-Lo que te da un ingreso base

-Lo que te da las tablas para dar el siguiente paso

-Lo que en realidad quieres hacer.

 

Distribuir estos tres rubros entre los días de la semana o del mes, entre las horas del día o los meses del año, es una estrategia viable para evitar que la frustración creativa y el desfalco económico hagan de las suyas.

Cualquiera que escuche el llamado de la pasión sabe que para crear cosas que valgan la pena es indispensable tener una vida, buenos amigos, hay que nutrirse de la obra de los grandes, compartir, embriagarse de vez en cuando, seguir a la curiosidad, ir en busca de cosas extrañas, perderse, volverse a encontrar, y todo eso requiere tiempo. Así que como dice el dicho: Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. Se trata de encontrar un equilibrio entre la vida, la pasión, y el afán de no quedarse donde mismo.

Platícanos, ¿tú cómo le haces?

 

Sobre Ave Barrera

Ave Barrera
Escritora y traficante de mezcal. Nació en Guadalajara, pero hace ya varios años obtuvo la nacionalidad chilanga. Su primera novela se titula Puertas demasiado pequeñas (Alianza 2016) y la segunda anda buscando suerte. Sus cuentos están publicados en antologías y sitios web.

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