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Sobre los talleres literarios y la vocación

Hace un año me vi en un enredo de teibol dance con unos amigos escritores y no me refiero a un enredo con los administradores del lugar ni con las bailarinas, me refiero a un enredo provocado por cuál es la verdadera función de la crítica en los talleres literarios y cómo es que pocos escritores sobreviven ese filtro y son los que terminan haciéndose, bajo sus propios medios, de una obra aceptable en el transcurso de su vida. Las cuatro personas que estábamos en la mesa éramos (o mejor dicho somos) escritores que a la vez imparten talleres de creación literaria, sin haber cursado necesariamente un MFA en Estados Unidos o Ciudad de México.

La pregunta creó dos bandos, uno que defendía que la crítica debía ser desalmada y sanguinaria hacia los textos y sobre todo hacia los autores que muestran una inocencia descarada: pocas lecturas, pocas habilidades narrativas y poca intuición creativa. Pues sobrevivir la ferocidad de esa crítica es sobrevivir el verdadero filtro con el que se topará el escritor con el lector común y profesional fuera de los talleres literarios, y esa crítica, también, es la que criba el buen material del malo, de modo que si un escritor que inicia no la soporta, no tiene nada que hacer en este oficio.

En lugar de reparar al instante, recordé mis primeros días en un taller literario, recordé que yo sufrí ese filtro y recordé también que esos años, en gran medida, lograron que me obligara a leer más, a escribir más, a entrenar mi lenguaje mientras escribía, a aprender de lo que leía para no volver a cometer los errores que delataron mi inocencia creativa en mis primeros cuentos.

Ese filtro quizá ahora me da la libertad de decir que soy un escritor que es su propio crítico y que no publica nada sin antes estar seguro consigo mismo de que ese libro vale la pena ser publicado. Y seguro esto se debe a lo que muchos manuales de creación literaria, libros epistolares que dan consejos a poetas y novelistas, nombran vocación literaria, ese llamado casi místico que nos hace el arte porque creemos que en nosotros existe algo auténtico que debemos decir sobre el mundo y todo aquello que nos tocó vivir. Ese llamado que nos ayuda a soportar las malas noticias dadas por los resultados de los concursos literarios o instituciones que promueven becas, pero que también nos ayuda a entender que con cada trabajo debemos ser mejores escritores y escribir lo que nos haga sentir satisfechos.

Sin embargo, aunque en mi época de la preparatoria me formé en esa escuela, durante la noche me mostré en desacuerdo. Y puede ser, quizás, a que mi parte generosa le gana a la desalmada. Pues una de las funciones de los talleres literarios, más que formar escritores profesionales, es la de formar lectores jóvenes o adultos que muchas veces no han leído absolutamente nada en su vida y, al encontrar el lugar donde pueden mostrarse honestos, auténticos, llevan textos que no tienen pies ni cabeza, plagados de lugares comunes, pero que ofrecen la intención de aprender, de formarse en el arte de la escritura, porque nadie los ha enseñado a leer los libros como si ellos mismos los estuvieran escribiendo y a leerse a sí mismos como si fueran otro lector. Y la tarea de quien coordina ese espacio es la de proveer a esos asistentes las lecturas necesarias (esos atajos que a uno le dieron con el fuego candente de la hiel) para que nutra su oficio y entienda las verdaderas funciones del lenguaje de la narrativa.

Si algo tienen en común la mayoría de los escritores, es poca generosidad. Creados con ese tipo de crítica, consideran que las nuevas generaciones deben vivir las penurias que ellos vivieron antes de convertirse en lo que son o, de lo contrario, no escribirán una verdadera obra literaria. Y en ese campo de batalla muchos principiantes que pudieron haberse convertido en escritores se van quedando en el camino, influenciados por la idea de que escribir es un asunto de extrema perfección, de extrema autocensura, del debo decir aquello y no esto.

Si intentáramos invertir este tipo de formación, es decir, quitar ese doloroso filtro en los talleres literarios, quizá lograríamos tener más lectores en este país que se presume sin lectores, quizá lograríamos encaminar a más seres humanos al terreno de la crítica y de la autocrítica, pero una que busca soluciones, no bloqueos ni poner en crisis al otro, una que encamina a buscar la educación sentimental en los libros y también la educación de la escritura en la lectura misma. Cuando digo ser generoso no me refiero a ser pasalón, ni hacer el trabajo del escritor que apenas inicia. Me refiero a que la función del coordinador de un taller en realidad es lo que hizo Hermes a Prometeo: hacerlo llegar al verdadero fuego de la creatividad por una ruta alejada de la mezquindad de los dioses, para que después él mismo pudiera crear vida tal cual como lo hacían los dioses. Si al final de este camino la persona decide no convertirse en escritor o, lo que es peor, escribir obras literarias con una calidad poco cuidada, es elección propia y no depende de nosotros. ¿Quién nos dotó a nosotros para decidir quien sí debe ser escritor y quien no?

Al final, en el teibol dance cambiamos de tema. Cada quien aceptó la postura del otro con cerveza en mano, como en cualquier noche de fiesta donde se busca la complicidad. Yo recordé que las dos defensores de la crítica sanguinaria eran editores y que en su trayectoria sólo había un libro que poco presumían. Dije salud y pedimos otra cubeta de cerveza.

Como apunte final, dejo el título de tres libros fundamentales que hablan de la vocación literaria y el oficio del escritor. Desde mi formación, mucho me ha ayudado leer la literatura misma. Los talleres literarios, en cambio, me han dado buenos amigos y lectores que admiro infinitamente.

Cartas a un joven poeta , de Rilke, Cartas a un joven novelistaEl escritor y sus fantasmas, de Sabato. Si alguno de ustedes conoce algún otro libro que nos alumbre con este tema, estaría genial compartirlo en los comentarios.

 

Sobre Joel Flores

Joel Flores
Escritor, corredor y fiel creyente de las historias escritas. Conoce Zacatecas como la palma de su mano y Tijuana como las plantas de sus pies. Es bebedor social de caguamas y cerveza artesanal. Escribe mientras corre y viceversa.

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