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Sobrevivimos a la FIL

Esta entrada en realidad se iba a llamar “Que empiece la fiesta” e iba a ser publicada hace una semana y media, el mero día en que Flor y yo llegábamos a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), pero por falta de tiempo y por un par de pagos que debía cobrar se me fue el momento y no alcancé a colgarla.

Y no hace falta, pues aquí quiero externar abiertamente que entre el gran número de ferias del libro, festivales literarios y encuentros de escritores, la feria que espero con más ansia año con año es la FIL, y es porque me vuelvo loco con tanto amigo y con tanto libro.

Mi primera experiencia fue en 2003. Tenía 19 años y la feria estaba dedicada a Quebec. De Zacatecas a tierras tapatías viaje sólo con una pequeña cartera cargada de tres mil pesos mexicanos, que gané trabajando como mesero de un restaurante ahora desaparecido y vendiendo pastelitos (que yo cocinaba) a mis tías y primas, así como con una mochila vacía que más tarde, en plena FIL, llenaría de libros que me acompañaron en mudanzas hasta los 24 años.

Aquel año me marcó. Logré colarme a las presentaciones de Diablo guardián, de Xavier Velasco, y Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, así como a una mesa de diálogo donde ambos escritores hablaban junto a Enrique Serna y Pablo Soler Frost sobre el estado actual de la literatura mexicana. Velasco, como lo advertiríamos en un futuro, era un animal voraz de la comunicación: fue el que más habló en aquella mesa y el que más ventas tendría años después en Alfaguara.

Aquel año también vi una charla de Juan Gelman, en la que mostraba su virtuosismo con el lenguaje, mismo que lo llevaría a merecer el Premio Cervantes en 2007. También compré algunos libros de Rubem Fonseca, el premio FIL de ese año, que años después prestaría a varios de mis amigos que se darían el privilegio de no devolverlos en un futuro. Los libros, a veces cuesta aceptarlo, para eso son: para que circulen de buenas o malas maneras en todas las manos de posibles lectores.

Aunque me prometí volver a la FIL el siguiente año, no lo logré, ni tampoco el siguiente ni el siguiente.

Y aquella fiesta de los libros comenzó a alejarse cada vez más de mí. Y, para ser honesto, pensé que no volvería jamás, pues durante un par de años (el mismo tiempo en que me dediqué a la edición rápida de notas en un periódico de Zacatecas) renuncié a la escritura, al menos a vivir con ella, de ella y para ella.

2013 fue una fecha significativa para mi oficio y el año en que volvería a una feria que adoro. Mi segundo libro, Rojo semidesierto, logró ganar el Certamen Internacional Sor Juan Inés de la Cruz, y yo, 11 años después de aquel primer encuentro con la FIL, volvía pero como comentador de su obra. El libro lo presentamos en el stand del Estado de México, hubo gente, se vendió, conviví con amigos nuevos y amigos de años y, quizá porque la editorial que tiró el libro no contaba con un buen aparato de promoción, o porque yo era -quizá siga siendo- un tremendo desconocido, mi nombre no apareció en el programa y fue una luz fugaz en la distancia.

Escribir es un oficio que, además de acercarme a gente que admiro, me ha dado los mejores momentos de mi vida y me ha llevado a conocer a amigos entrañables y ciudades memorables. Con esfuerzo, dos premios, dos libros publicados y una novela inédita, en 2016 fui elegido por la FIL como uno de los 20 escritores jóvenes más representativos de América Latina. La noticia la recibí en Tijuana, me la dio Laura Niembro y la reafirmó Melina Flores. ¿Qué hice para merecer eso?, trabajar, no quitar el dedo del renglón, ser necio, no abandonar esas ganas tremendas de forjarme una trayectoria y un nombre, aunque muchas veces los aliados sean pocos y los obstáculos sean constantes.

La elección hecha por un grupo de especialistas de México, Argentina, Venezuela, Cuba y otros países me coló a la feria para dialogar con mis compañeros de generación de Latinoamérica y para conocer la obra de otros escritores con trayectoria. También ayudó a que editoriales como Planeta, Eterna Cadencia y Paraíso Perdido me buscaran para publicar mi obra. Sin embargo, fechas atrás, ya había firmado con Ediciones Era, pero mi novela no saldría sino hasta el 2017.

Pasó el tiempo.

Y este 2017 Flor y yo hicimos maletas, nos preparamos como si fuéramos a correr un medio maratón y volvimos por segundo año consecutivo a la FIL. Nunca más su nombre logró ser publicada por una de las editoriales que más admiro desde adolescente y ser presentada por uno de los escritores cuya obra me formó como cuentista, y por una de mis compañeras de generación que me gusta como ser humano y como escritora.

Aunque honestamente iba muy nervioso, pese a lo que creí, la novela casi se agotó en el stand G1 donde se encontraba Ediciones Era. Cuando llegamos a la feria estaban apiladas alrededor de 50 ejemplares en tres columnas. Poco a poco, horas antes de la presentación, mientras daba entrevistas y corría a comer y volvía para dar otra entrevista, el número de ellas iba reduciendo. El mero día en que la feria terminó, al preguntarle a Mirna, la chica de ventas de la editorial, si me podía llevar 20, ella me respondió que no, porque no había ese número y porque era muy seguro que más tarde volverían más lectores a buscarla, y siempre es mejor que la novela viaje a otros destinos a que se quede con uno.

Esta FIL fue hermosa. Me dio a entender que, aunque escribir es un oficio demasiado solitario, uno no está solo. A su lado siempre están los lectores, los amigos, los medios que se apuran por conocer a escritores jóvenes (aunque somos muchos) y aquellos desconocidos que al ver un libro con un título que creen poderoso, se acercan al stand a comprarlo y a preguntar al autor cómo se le ocurrió y de qué va su novela, para después, como si fueran grandes amigos de años, tomarse una foto, darse un abrazo y hacer un pacto eterno, unido por la literatura, por una obra que a uno le costó tres años de trabajo y hasta rajarse el alma.

Esa fue mi FIL31, sobreviví a una descarga de cariño y admiración.

Por esas y otras historias, quiero agradecer a cada uno de los viejos y nuevos lectores que compraron la novela, a los medios de comunicación, a gente como Vero, de W Radio, a Mónica, de Sin embargo, a Carlos, de La razón, a Jorge, del Informador, y otros y otras muchas más que me faltan por nombrar.

Gracias, gracias y más gracias.

Ahora sigue un nuevo encerrón para recapitular la siguiente novela y salir de repente a uno que otro lugar para seguir llevando Nunca más su nombre a nuevos lectores.

Falta Tijuana, falta Ciudad de México, falta Mérida, San Miguel de Allende y, esperemos, la franja del semidesierto.

Sobre Joel Flores

Joel Flores
Escritor, corredor y fiel creyente de las historias escritas. Conoce Zacatecas como la palma de su mano y Tijuana como las plantas de sus pies. Es bebedor social de caguamas y cerveza artesanal. Escribe mientras corre y viceversa.

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