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Unboxing: El emisario o la lección de los animales

Por fuera

No sé a quién se le ocurrió escribir en la contraportada una simplona referencia a los “emisarios” que se ocupaban del trasiego ilegal de coca entre Colombia y México, pero me parece completamente desacertado. Si el lector se va con la finta de este desmañado prolegómeno creerá que se trata de una narconovela más ¡Flaco favor! Pero no, no es una narconovela más. De pronto hay maletas con coca, armas de fuego y mucha sangre, pero no se trata de eso. Alejandro está muy lejos de los autores que se suben al tren de los subgéneros literarios para encontrar su lugar en las estanterías. Muy lejos.

La imagen de portada, aunque llamativa, no es muy certera. Poco tiene que ver ese caminante con el protagonista que, en lugar de tenis, lleva unas emblemáticas botas amarillas. (Tan emblemáticas, que después de leer El emisario o la lección de los animales nunca volveré a ver un par de botas amarillas sin recordar al Coralillo… o al Falso Coralillo). El protagonista no huye hacia el punto de fuga de la imagen, sino que va al encuentro de su perdición, ¡la busca! Y eso es lo más terrible, lo enviciante de esta novela, lo que no te deja soltarla. A pesar de estos dos detalles quisquillosos, la edición es bonita: forma parte del catálogo de Caballo de Troya, el sello más intrépido de Penguin Random House: “un sello editorial dedicado a descubrir e impulsar los talentos emergentes de la narrativa en español”, como se dijo en su reciente lanzamiento en México, donde abrió plaza con esta novela, además de Matagatos de Raúl Anibal Sánchez, y Algunas margaritas y sus fantasmas, de Paulette Jonguitud, que si fueron publicados con el mismo criterio literario que la novela de Alejandro Vázquez, habrá que leerlos. La distribución es buena, se puede encontrar en Péndulo, Gandhi, Porrua y Sótano. El precio de $279 no es una ganga, pero vale la pena. El formato es comodísimo, poquito más amplio que un libro de bolsillo; papel ligero, buena tipografía, perfecto para leer en el bus y llevarlo en la bolsa. También está en edición electrónica, a $129, y eso ya nos deja sin pretextos.

 

Por dentro

Nos recibe un epígrafe del Edipo de Sófocles: “¡Ay de mí!”, y eso promete muchas cosas, entre otras, que va a haber tragedia, que hay ambición literaria –se ampara en un clásico de clásicos, no será una historia trespeleque–, que esto se va a poner bueno. En seguida un preámbulo muy elaborado y bien escrito, nos deja entrever el presente del protagonista, aunque solo lo necesario para generar intriga: está jodido. “La bala dispuesta a horadarme el cráneo silbará una melodía apacible al zumbarme dentro”. En seguida, comienza la historia.

Había leído los cuentos de Alejandro Vazquez Ortiz, del libro La virtud de la impotencia (Tierra Adentro, 2015), y debo confesar que no me convencieron del todo. No porque fueran malos, sino porque me parecieron un tanto faltos de colmillo literario. El emisario o la lección de los animales, en cambio, me plantó la tarascada sin miramientos. Acá, más que colmillo, son unas fauces afiladas las que atrapan al lector por el cuello y no lo sueltan hasta acabar con él. La técnica narrativa, la habilidad para emplear recursos, trucos, trampas y señuelos, son propias de un narrador hecho y derecho. Eso se suma a un buen manejo de lenguaje, que no le teme al uso poético de las palabras, que no se las da de rimbombante, que transmite con precisión la delicadeza de imágenes brutales. Una prosa literaria y rica. Absolutamente disfrutable.

Lo que más me gustó fue la trama, la evolución del protagonista. Desde el principio uno sabe que el narrador está perdido: este tipo no la va a librar ni por milagro del santo niño, piensa uno, y solo quieres satisfacer el morbo de ver qué más le puede ocurrir. Y vaya que la novela le da gusto al morbo. El personaje es llevado al límite una y otra vez, como cuando en las películas cae Batman sobre el techo de un edificio y traspasa el piso diez, luego el piso nueve, luego el piso ocho, y así, cada vez más abajo, cada vez peor (¿acaso será una metáfora de la pinche situación del país?). Lo bonito es el contraste que establece el narrador entre su propia derrota y la actitud con que se enfrenta a los hechos: su destrucción le vale tres pepinos. La violencia, la malilla, la droga, el odio, el veneno de serpiente, todo lo cruel que puede haber en el mundo le viene flojo, a final de cuentas, todo eso queda aplastado bajo el peso de un profundo nihilismo. El resultado es extrañamente dulce. El dolor, el hambre, la tortura, las dificultades y las pérdidas quedan en un segundo plano. La única redención posible está en la identidad, y para conseguirla, el protagonista de El emisario tendrá que convertirse en el huracán que todo lo destruye y todo lo limpia.

Alejandro Vázquez Ortiz. Foto: Guillermo Guerrero

 

Sobre Ave Barrera

Ave Barrera
Escritora y traficante de mezcal. Nació en Guadalajara, pero hace ya varios años obtuvo la nacionalidad chilanga. Su primera novela se titula Puertas demasiado pequeñas (Alianza 2016) y la segunda anda buscando suerte. Sus cuentos están publicados en antologías y sitios web.

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